Con amor a mi querido Cristóbal. Con el deseo de que escuches y disfrutes esta pequeña historia. Gracias. Por todo.
Cristóbal era un niño de tantos. No destacaba especialmente. No era muy guapo ni feo, no era valiente, pero tampoco puede decirse que fuera cobarde. No era decidido, pero tampoco indeciso y, desde luego, no era alto. Pero tenía la habilidad de sembrar destellos de amor en el corazón de cada persona con la que trataba.
Esta es la historia de Cristóbal, o más bien, mi historia con Cristóbal. Porque cada persona a la que le preguntéis os contará un trocito distinto de esa historia que fue su vida, la parte con la que tocó su corazón.
Cuando iba al colegio, cada mañana, Cristóbal se levantaba al amanecer y recorría el camino largo que transcurría por el lindero del bosque. Llevaba consigo una mochila enorme que iba llenando de todo lo que encontraba: palos, ramas, briks de zumo, hojas secas, trozos de caucho o de metal que habían quedado tirados de algún coche accidentado… así hasta llegar al colegio con la mochila a la espalda abultando más que él.
Fue en ese tiempo cuando lo conocí. Era septiembre y yo era nueva en el colegio. El primer día de clase, al sonar la campana del recreo, Cristóbal cogió su enorme mochila y se fue hacia una esquina del patio. Yo, que no tenía con quién jugar, me acerqué curiosa para ver qué hacía. En una especie de ritual, sacaba uno a uno los objetos que había recogido esa mañana con el máximo cuidado, como con miedo a romperlos. Los examinaba con atención y los colocaba con cariño sobre el cemento, y cuando los había sacado todos, los volvía a guardar en la mochila con delicadeza. Enfrascado en su tarea, no se percató de mi presencia. Yo me quedé de lo más asombrada, incapaz de entender qué veía Cristóbal en aquellos objetos que, a mis ojos, no eran más que basura.
A la mañana siguiente volví a acercarme a presenciar aquel ritual matutino. El embelesamiento de Cristóbal era tal, que yo no podía dejar de mirar aquellos objetos deseando ver qué era tan especial en ellos. Y lo mismo pasó al día siguiente, y al otro. Una mañana me sorprendí en clase mirando mi reloj, deseosa de que sonara la campana que anunciaba la hora del recreo. Poco a poco Cristóbal se había percatado de mi presencia y, sin palabras, compartía conmigo su amor por aquellos objetos. Y poco a poco, sin palabras, yo empecé a compartir su mirada hacia ellos. Cada objeto había sido parte de algo mayor: un árbol, un coche, un juguete, un envase de deliciosos alimentos… y cada uno de ellos tenía un potencial para jugar tan grande como nuestra imaginación lograse alcanzar. En nuestras manos podían convertirse en varitas mágicas, coches voladores, alas de Fénix…
Un día decidí acompañarlo en su búsqueda de tesoros. Me levanté al alba, a pesar de que odiaba madrugar. Con los primeros rayos de sol encontré a Cristóbal al inicio del camino. Al verme me saludó con un gesto de la cabeza sin mostrar sorpresa, como si hubiera sabido de antemano que yo quería acompañarle aquel día. Comenzamos a caminar por el sendero. Yo iba tras él, observando. Primero cogió el retrovisor de un coche que ya se había llevado la grúa, luego un vaso de plástico, tres ramas, cuatro bellotas y varias plumas. En el recreo, como siempre, hicimos el recuento, dándonos tiempo a observar e imaginar el origen y el posible uso de aquellas maravillas. Al terminar las clases volví a acompañarle para regresar a casa. Para mi sorpresa Cristóbal se paraba en cada lugar donde habíamos encontrado aquellos objetos y los volvía a colocar en el mismo lugar donde los habíamos descubierto, uno a uno. Nos despedimos con un gesto de la mano al final del camino y regresé a casa pensativa. No lograba entender por qué volvía a dejar todo aquello en el bosque. ¿Acaso no los consideraba tesoros? Y en cualquier caso, ¿no era mejor tirar la basura al contenedor? Aún sin entender, seguí acompañándole en su incansable tarea todo aquel curso, segura de que era de la mayor importancia.
Llegaron las vacaciones y con ellas acabó nuestra búsqueda de tesoros. A la vuelta del verano, el primer día de curso no vi a Cristóbal, ni al siguiente, ni al otro. Extrañada pregunté a la maestra. Cristóbal se había desvanecido aquel verano, tal como había llegado, sin dejar tras de sí más rastro que su mochila.
Desde entonces, la llevo a mis espaldas cada mañana abarrotada de pequeños objetos que luego vuelvo a colocar donde los encontré. Con el tiempo he comprendido que allí donde otros ven solo basura, Cristóbal veía hermosas historias que deseaban ser contadas. Pero no necesitan más que una mirada amorosa para existir por sí mismas. Como esta que hoy os cuento.








