Con el inicio de curso me gusta comenzar las clases de antropología del instituto con una introducción de Marvin Harris, y parafraseándolo pregunto a los estudiantes si creen que la guerra, los celos y el terrorismo, entre otras cosas, forman parte de nuestra naturaleza. Ellos piensan que es natural, y que no es posible una sociedad que carezca de estos elementos porque, según sus propias palabras, lo contrario sería una utopía, y las utopías no existen. Esta vez, quería recoger aquí sus respuestas, porque la considero un síntoma de la sociedad en la que vivimos. La actualidad política está viviendo un mal momento, donde se dan fenómenos muy crudos y se respira la impotencia por parte del resto de Estados. Veamos primero el pesimismo que presentan las nuevas generaciones ante la posibilidad de una sociedad libre de violencia, y posteriormente analicemos si el statu quo está estancado y qué alternativa puede ofrecer la filosofía.
El pesimismo de la respuesta se debe a que estamos acostumbrados a las guerras, y esto es así porque lleva habiendo guerras desde antes de que existiera la historia como disciplina, siendo la primera de la que se tiene registro de hace 4500 años, en Mesopotamia. Puede que la guerra se deba a la naturaleza humana, como expresaba Hobbes, o bien a los propios Estados, como dijo Rousseau. Consideremos esta última posibilidad:
En los años setenta, con el movimiento pacifista hippie, se hicieron intentos utópicos de sociedades donde no hubiera gobierno, pensando que así se evitarían las guerras. Así surgió, por ejemplo, la ciudad libre de Christiania, en Copenhague. Sin embargo, este experimento anárquico que buscaba que las familias pudieran vivir tranquilamente con sus hijos, ha degenerado en un lugar con violencia y crimen organizado. Quizá la violencia esté en la naturaleza humana, quizá no tengamos aun suficientes ejemplos de territorios sin Estado para poder pronunciarnos.
En el mundo actual, donde sólo los regímenes de las democracias liberales que acogen entre sus derechos fundamentales la Declaración de los Derechos Humanos son considerados justos, hay una gran disconformidad política por parte de sus ciudadanos. Incurrimos así en un fenómeno que no podemos calificar sino de absurdo, porque mantiene al mismo tiempo lo justo y lo injusto, según la concepción reflejada en los derechos que estos países democráticos tienen en común. Es por ello que se dan guerras en nuestra actualidad que, no solo están dirigidas por gobiernos de Estados que se definen a sí mismos como democráticos, sino que también comenten crímenes de guerra.
Ubiquemos este concepto de los crímenes de guerra dentro de una tradición filosófica que comienza en la Edad Media con Agustín de Hipona y Tomás de Aquino. La guerra justa, al menos desde lo que podemos considerar justo dentro de los marcos de la ONU, comienza a definirse cuando se empiezan a considerar iguales todos los seres humanos.
John Rawls es uno de los principales pensadores de la filosofía contemporánea que se ubica dentro de la tradición de la guerra justa. Es un filósofo que, habiendo combatido en la Segunda Guerra Mundial, y habiendo visitado Hiroshima justo después del lanzamiento de la bomba nuclear, pierde la fe en Dios y en la humanidad. Este filósofo se preocupa por llevar a la realidad aquellos ideales y valores éticos que se han hallado mediante la filosofía. Tras su crisis, en la posguerra, se pregunta si realmente es posible una sociedad justa.
Comienza a escribir y establece que la guerra solo es justa en legítima defensa y por una intervención humanitaria. En todo el resto de los casos, la guerra no se considera justa. Es complicado entender cómo matar a alguien puede llegar a ser justo, y cómo pueden existir términos como “crímenes de guerra”, cuando la guerra pudiera ser concebida como un crimen en sí misma. En todos los casos, la muerte de civiles o los desplazamientos a la fuerza entran dentro de esta definición de crímenes de guerra. Rawls sigue escribiendo, y publica su Teoría de la justicia, donde desde el experimento mental del velo al que llama “velo de la ignorancia” descubre que lo único que hay que hacer para establecer la sociedad justa, es ir poniéndose en el lugar de cada una de las personas que pueden habitarla.
Un artículo de Daniel Chandler explica la importancia de salir del statu quo en el que nos encontramos, donde lo políticamente correcto es afirmar que la democracia actual es la forma buena de gobierno, lo cual no deja lugar a la imaginación y el idealismo. Si uno se conforma, si acepta lo suyo como verdad absoluta, pierde la capacidad de llegar a algo nuevo y quizá más cercano a la verdad, si es que esta es un límite al que seguir aproximándose y para lo cual es necesario estar siempre en camino.
Teorías como la de Rawls, no son meras utopías. Sus ejercicios no se quedan en la teoría, el mundo que plantea puede darnos pistas de por dónde seguir, si cada vez se ve más necesario que algo en la política tal y como la conocemos debe cambiar.








