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LA MIRADA DE LA SEMANA
Beatriz Márquez
Si guardásemos silencio
PUBLICADO

06 de abril de 2026

El lenguaje es una herramienta que tiene una importancia capital para las personas en general. Tal es su lugar en nuestra realidad que, de faltar este, sería casi imposible imaginar nuestra existencia. Incluso la estructura del pensamiento se apoya en el lenguaje; es por ello que en países de distinto habla se tienen distintas visiones de la realidad, utilizándose conceptos muy distintos para referirnos a cosas que, en principio, son las mismas.

Tras un viaje que hemos realizado recientemente a Japón, he visto que la diferencia entre distintas culturas no se detiene en el uso del lenguaje —comprendiendo aquí sobre todo los sentidos y significados o la forma de crear conceptos—, sino que también varía la importancia que se le da a este lenguaje. Me ha impresionado cómo nuestra visión —principalmente occidental— está tan centrada en el perfeccionamiento del discurso, que olvida la importancia del silencio.

Sin embargo, si queremos encontrar la raíz de esta falta de silencio, parece que se encuentre en un despiste. Digo esto porque aquella que se considera la madre de nuestra cultura occidental —la cultura griega— no tenía en realidad por qué encaminarnos a ello.

Cuando intentamos comprender de dónde viene nuestra forma de entender el mundo, hay una serie de sabios a los que debemos prestar atención. No quiere decir que sean aquellos a los que más merezca la pena escuchar, sino aquellos en los cuales han nacido algunas de las ideas que han determinado nuestro mundo tal cual es. El primero sería Pitágoras, con su creencia acerca de una posible explicación matemática para el universo y una liberación a través de nuestro comportamiento de cara a una vida futura. El segundo, Heráclito, con su idea de la existencia de un discurso que solo unos pocos, aquellos que están despiertos, que están atentos, podrían escuchar. El tercero sería Parménides, quien creía que ciertas cosas permanecían para siempre imperturbables, siendo entonces eternas y verdaderas, y a las cuales era posible acceder a través de la razón.

Habiendo muchos más sabios que han influido en la construcción de nuestra cultura occidental, estos me bastan para centrarme en la perspectiva que hoy quiero explorar.

Una sociedad que piensa en la palabra hasta el punto de olvidar el silencio es una sociedad que entiende que siempre es mejor hablar antes que callar; que aquel que habla tiene más valor que el que no lo hace; que aquello que se dice tiene que estar bien medido y que en ello podemos encontrar la esencia de la persona. Se dice que Sócrates afirmaba que a través de la palabra se podía conocer a alguien, probablemente porque escuchándolo uno podía encontrar su inteligencia o falta de la misma. También se sabe que él condenaba a todos aquellos que no hicieran un buen uso del discurso, como era el caso de los sofistas, ya que introducían la mentira y la manipulación en una de las cualidades más puramente humanas que existen.

Pero es en Grecia también donde surgen pensadores que hacen cuestionarse un camino tan discursivo, ruidoso, incluso podríamos decir. Un camino que no deja espacio para la reflexión, porque al haber solo palabras, abundan los estímulos. Las escuelas helenísticas, al igual que Aristóteles, parecían ser conscientes de la importancia de callar. Y es que no siempre se tenían que tener las respuestas, no siempre se sabe qué decir, y ante esto, mejor era no hablar. Con estos pensadores atendemos a otro modelo de sabio: uno que observa y no se pronuncia, que escucha y aprende, que no tiene por qué enseñar.

Siempre hay ganadores en la historia, y en la nuestra pienso que no han sido los más tardíos que he señalado, sino los primeros. Si uno es suficientemente inteligente, si es capaz de descifrar y descubrir un mensaje oculto, si puede calcular y entender el mundo y presentarlo a los demás con una exactitud matemática, esta persona encaja perfectamente en los cánones del valor occidental. Aun así, nada garantiza la existencia de un discurso verdadero, ni la seguridad de un método de conocimiento que nos lleve a ello, o de un discurso fiable que pueda transmitir la supuesta verdad. Ante esta posibilidad, lo más prudente, lo que debería buscar el sabio, es el silencio.

La razón por la que no caemos en la cuenta de elegir el silencio es porque todo nos empuja a hablar. La sociedad nos invita o incluso nos obliga a formarnos una opinión y a pronunciarnos acerca de todo. Yo misma en clase obligo a mis alumnos a escribir, a hablar, a intervenir en todos los debates y a responder a las preguntas que les hago. Pero quizá no hablar no sea sinónimo de no pensar. Es posible que el silencio tenga muchos beneficios que no estemos disfrutando. Este silencio puede crear espacio para la introspección, para la paciencia y para la escucha. Si practicamos el silencio quizá deje de parecernos tan importante lo que pensamos que tenemos que decir y empecemos a considerar otras opciones. El hecho de no solo no hablar, sino también no escuchar nada, puede darnos la paz que claramente falta en nuestro día a día, y hacernos aceptar más fácilmente y con una mayor concentración lo que hay que hacer en cada momento.

Pienso que nuestra sociedad actual es ruidosa, se malgastan las palabras, se fabrican mensajes vacíos que se repiten sin ni siquiera haber sido comprendidos, pudiendo estos llegar a tener un poder negativo. Como alternativa, podríamos abrir un lugar para el silencio y probar lo que este puede ofrecernos. Me pregunto cómo sería, por ejemplo, un modelo educativo centrado en el silencio, donde no se esperasen lecciones del docente, ni una respuesta necesaria del alumnado. Quién sabe cómo de distintos seríamos si no centrásemos nuestra vida en el peso del discurso, y cómo se entendería la verdad.

34 91 725 95 30

Esta revista ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura