Estos días ha venido a mi mente un episodio que visualicé hace unos años, cuando un tsunami arrasó la vida de miles de personas en Tailandia. En medio de un paisaje apocalíptico, una mujer con su hija en brazos, sonreía. La periodista que comentaba lo sucedido, le preguntó perpleja el motivo de su alegría y ella respondió con una solemnidad pasmosa: “Mi hija y yo estamos vivas”.
A cada uno de nosotros se nos ha dado una vida y a pesar de las circunstancias con las que cada uno tiene que lidiar, de nosotros depende dónde ponemos el foco, para colmarla de sentido.
La sensación que se aprecia a nivel mundial, viendo los medios de comunicación y las redes sociales, es que, en general, la gente está irritada, triste, crispada, asaltada por un derrotismo exagerado e irracional y por una visión catastrofista de los acontecimientos: ¡Todo está mal! ¡Todo va muy mal! (Aunque la vida de quienes se encargan de emitir y difundir estas proclamas no haya cambiado significativamente a peor, más bien al contrario). El miedo se expande y nos paraliza anulando nuestra esencia. ¿Cómo combatir esta ola que nos sumerge en la angustia y el enfrentamiento? ¿Cómo contrarrestar esta inercia? Orientando nuestra brújula en la dirección adecuada. Dejemos paso a la Esperanza y abrámosle un gran hueco a la Alegría.
No se trata de forzarla o de ser felices a toda costa con un paquete consumista prêt a porter. La alegría depende en gran medida de nuestra actitud y de otorgarle a nuestra vida un propósito: el de servir, el de amar. La alegría surge de un trabajo interior que nos hace valorar las pequeñas cosas, nos conecta con los demás, con la Naturaleza, con Dios. Nos hace estar en paz a pesar de estar pasando por momentos difíciles, convive con el dolor y nos ayuda en la travesía convirtiéndose en la mejor aliada para nuestra resiliencia. La alegría no hace ruido, está presente cuando lo que hacemos importa, cuando cambiamos el juicio por amabilidad, cuando cuidamos de algo o de alguien, cuando aceptamos que las cosas son como son y no peleamos, cuando compartimos. Se expresa mediante la sonrisa, que es un lenguaje universal que todos entendemos y es contagiosa. Es un antídoto para el estrés, aumenta nuestra energía y sirve de unión con los demás. Está presente cuando nos reunimos con amigos o seres queridos iluminando hasta los días más sombríos.
En nuestro presente, ante una resignación toxica, conformista y pesimista, realicemos una catarsis del miedo al amor, subamos un escalón en nuestro nivel de conciencia y sabiduría, para que la oscuridad del futuro que se avecina se colme de luz y de paz.
Seamos portadores de alegría.
¡Que viva la alegría en nuestros corazones y en el de toda la humanidad!








