El obispo de Hipona nos recuerda que «la búsqueda de la verdad, la justicia y la caridad son valores que traspasan todas las fronteras».
Lo que había percibido y escrito días atrás, lo estoy viviendo plenamente estos días, con los pies en mi tierra, en mi ciudad, con mis amigos musulmanes y cristianos, argelinos y no. Y estoy orgullosa de ello y llena de alegría.
Cuando se anunció la elección del papa León XIV y se difundió la noticia de que procedía de la tradición agustiniana, sentí una alegría especial, aun siendo musulmana. Sentí que algo profundamente humano y espiritual estaba ocurriendo: un Papa que lleva en el corazón la herencia de Agustín, un hombre que ha marcado la historia del pensamiento y de la espiritualidad universal. Les decía a mis amigos: «Por fin ha reaparecido el espíritu de Agustín, sin duda hará mucho bien». No era un entusiasmo superficial, sino la percepción de que se estaba abriendo un nuevo puente entre mundos que a menudo se miran desde lejos.
Cada vez que escucho al papa León, encuentro en sus palabras un eco agustiniano: la búsqueda de la verdad, el amor por la justicia, la compasión hacia el ser humano herido. Como musulmana y como estudiosa de Agustín, siento una cercanía espiritual que no borra las diferencias, sino que las ilumina. Agustín pertenece a la historia cristiana, sin duda, pero su profundidad humana también habla a quienes, como yo, proceden de otra tradición religiosa. Su inquietud, su sed de sentido, su pasión por la interioridad son patrimonio de la humanidad. Por eso, la noticia del viaje del papa León a Argelia ha sido para mí una verdadera «buena noticia».
Argelia es la tierra de Agustín: la tierra que lo vio nacer, crecer, pensar, servir. Una tierra que aún hoy conserva vivo el recuerdo de un hombre que marcó la historia del Mediterráneo y del mundo. El viaje del Papa representa un puente simbólico y real: un puente entre Roma y Argelia, entre cristianos y musulmanes, entre memoria y futuro. Es una ocasión valiosa para dar a conocer —o redescubrir— a Agustín como figura africana, mediterránea y universal.
Este viaje abre nuevas perspectivas. Permite valorizar la dimensión argelina del santo, a menudo descuidada, e insertarla en el diálogo contemporáneo entre culturas y religiones. Argelia, con su compleja historia y su riqueza espiritual, puede convertirse en un lugar privilegiado para un diálogo renovado, basado no solo en las palabras, sino en la memoria compartida de un hombre que buscó a Dios con sinceridad y amó a la humanidad con pasión. Es una oportunidad para mostrar que la espiritualidad puede ser un terreno común, un lenguaje que une sin confundir, que acerca sin borrar las identidades.
Los beneficios de este viaje son múltiples: reforzar el diálogo interreligioso, relanzar la figura de Agustín como puente entre el norte de África y Europa, valorizar el patrimonio cultural argelino que custodia una parte esencial de la historia cristiana, favorecer las colaboraciones académicas y culturales, ofrecer un mensaje de paz en una época que necesita urgentemente gestos que generen confianza. Es un viaje que puede convertirse en un laboratorio de fraternidad, en un lugar donde la memoria se convierte en futuro.
Para mí, como musulmana y estudiosa de Agustín, este viaje no es solo un acontecimiento eclesial: es un signo. Un signo de que la historia aún puede abrir nuevos caminos, de que las raíces pueden dar frutos inesperados, de que la memoria puede convertirse en profecía. Es como si el propio Agustín, a través de la visita del Papa, volviera a hablar a su tierra y al mundo, recordándonos que la búsqueda de la verdad, la justicia y la caridad son valores que traspasan todas las fronteras. En este viaje, la espiritualidad no mira al pasado: lo transforma en un puente hacia el futuro.
| Nadjia Kebour, argelina y musulmana, es profesora en el Instituto Pontificio de Estudios Árabes e Islamología y en la Universidad Urbaniana de Roma. |
Publicado en parte en la revista web Mondo e Missione








