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LA MIRADA DE LA SEMANA
Beatriz Márquez
Riqueza, libertad y multiplicidad
PUBLICADO

01 de junio de 2026

«Si los seres son múltiples, es necesario que estos sean tantos como son, y no más, y tampoco menos; ahora bien, si son tantos como son, deben ser finitos; pero si son múltiples, los seres son asimismo infinitos; en efecto, entre uno y otro de estos seres habrá siempre otros seres y también otros entre estos, porque siempre es divisible hasta el infinito cualquier cosa que se halle entre dos cosas; así pues, los seres son infinitos.»

Este argumento de Zenón de Elea tiene como resultado la negación de la multiplicidad operando una reducción al absurdo (herramienta lógica mediante la cual se muestra una contradicción imposible, ya que se dan al mismo tiempo una cosa y su contraria). En el mundo griego, muy al principio del nacimiento de la filosofía, aparece una de las primeras dicotomías que, a día de hoy, sigue dividiendo las opiniones humanas: lo uno y lo múltiple.

Aunque a simple vista pueda parecer evidente que existe la multiplicidad, entre los griegos clásicos quedó para la posteridad la victoria de lo uno sobre lo múltiple como lo más real, demostrado por la razón platónica y en contra de las ilusiones que puedan mostrarnos nuestros sentidos.

Si la unidad es lo más real, irremediablemente se llega a la creencia de una verdad objetiva: la verdad es una, esta se puede descubrir, y esta verdad legitima cualquier acto que vaya en consonancia con la misma.

Sin embargo, tengo la impresión de que los filósofos no quedaron muy convencidos, y ya desde el pensamiento de Aristóteles se fueron ofreciendo fenómenos que mostraban una cara distinta a la explicada por el mundo ideal platónico.

Al ir ganando peso la creencia en la multiplicidad, fue perdiéndolo la existencia de la verdad única. Ya no era tan evidente que, a través de la sola razón, pudiéramos alcanzar esta verdad tan ansiada por los griegos.

Sin embargo, las mentes más brillantes de la modernidad ofrecían modelos que eran capaces de armonizar esta dicotomía, explicando cómo era posible encontrar toda la multiplicidad del universo en una sola perspectiva: la mónada leibniziana. Leibniz inventa un elemento que es uno y que está incomunicado, dentro del cual encontramos todo el universo. «Cada mónada creada representa todo el universo», explica en su Monadología. Añade incluso: «El presente se halla grávido del porvenir», refiriéndose a que en todo presente se halla contenido todo el futuro e incluso el tiempo entero. De esta manera se abre un espacio en su mónada para la multiplicidad del tiempo y del movimiento, todos los fenómenos que quedaron negados por las paradojas y aporías de Zenón.

Sin embargo, si quisiéramos comprobar en qué medida este problema ha quedado resuelto, podríamos realizar un experimento mental. Podemos situarnos, como le ocurrió a Carlos Argentino, en unas escaleras que conducen a un sótano, en la calle Garay. Las escaleras son tan empinadas que tropezamos y nos topamos, de frente, con un Aleph. El Aleph, en palabras de Borges, es «el lugar donde se encuentran todos los lugares, vistos desde todos los ángulos»; una mónada. Al asomarnos desde este punto y observar toda la multiplicidad de lo real desde una posición metafísica privilegiada, descubriremos que queda una cuestión fundamental sin resolver: hay multiplicidades que no se ofrecen como simple riqueza artística para la vida contemplativa, sino que se presentan de manera problemática y esperan una respuesta, ya que pertenecen al plano de la vida práctica, y no de la metafísica.

Esta multiplicidad práctica sigue estando en relación a esa verdad que desde el principio hemos mencionado, y es justamente la multiplicidad que tiene Platón más interés en resolver: las opiniones.

El problema que representan las opiniones es que impiden que nos organicemos de forma eficiente en la sociedad que constituimos. Esto ya lo comprendió Platón, y presentó una solución: al ser lo múltiple relativo a lo sensorial, la opinión no es más que un engaño, que se aleja de la verdad en la mayoría de los casos, la cual es una. Esta verdad, una vez descubierta a través de la razón, legitima cualquier acción que se haga en su búsqueda. Es, de esta forma, como Platón establece un sistema de organización política en el cual cada uno tiene su lugar asignado según lo que es bueno y verdadero. Así, el político será aquel que cumpla el perfil, que tenga los conocimientos y que persiga el bien común.

Pero nosotros no somos griegos. No aceptamos las paradojas de Zenón, no negamos la multiplicidad. Criticamos el sistema platónico porque no deja lugar a la libertad. Leibniz, Borges y muchos otros nos han seducido con esta riqueza y hemos aceptado que esta se debe preservar; es por ello que vemos la libertad como un derecho inalienable.

Mediante esta libertad, cada cual puede ser lo que quiera siempre que lo consiga, sin tener que ocupar el lugar que le mandaría Platón. Con esta libertad, los políticos, en democracia, representan la multiplicidad de opiniones. Pero cuando todo es múltiple y nada se puede imponer como verdadero, no se pueden prohibir ni las falacias, aquellos argumentos que se consideran inválidos por lógica. ¿No escuchamos en el congreso cómo responden los políticos a las acusaciones con la famosa falacia tu quoque («tú también»)? ¿No se deslegitiman las críticas a estados beligerantes a través de la falacia del hombre de paja (cualquier argumento puede ser destruido convirtiéndolo en otro; por ejemplo: toda crítica contra la forma de actuar del Gobierno de Israel es antisemita)?

La actitud de desprestigiar las teorías antiguas por ir en contra de los derechos humanos, como ocurre con la política platónica, al no ser repensada, nos hace seguir siendo testigos de más violaciones de los derechos humanos. ¿Es inimaginable una forma de integración entre la riqueza de la multiplicidad que nos otorga la libertad y el orden que nos permitiría protegernos de las interpretaciones que objetivamente terminan siendo erróneas?

34 91 725 95 30

Esta revista ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura