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LA MIRADA DE LA SEMANA
Ana Rubio
Realidades duras con ojos de niño
PUBLICADO

23 de febrero de 2026

A pesar de la realidad que últimamente vivimos en las aulas, con cada vez más necesidades educativas especiales, problemas de conducta más graves y familias que, en algunas ocasiones, no resultan todo lo colaboradoras que necesitamos, ser maestra sigue siendo algo que disfruto profundamente. Lo disfruto porque, a pesar del cansancio y de los retos diarios, mi trabajo me permite ver el mundo con ojos de niño, y eso es un privilegio que pocas profesiones pueden ofrecer.

Los niños observan, sienten y viven mucho más de lo que creemos. Es fácil pensar que, mientras los adultos cargamos con preocupaciones serias, ellos continúan jugando ajenos a todo. Pero no es así. A su manera, también les afecta lo que ocurre a su alrededor. Entienden más de lo que decimos, captan más de lo que mostramos, y procesan más de lo que imaginamos. Esa sensibilidad silenciosa que tienen es, a veces, una lección inesperada para los adultos que los acompañamos.

Con el reciente accidente ferroviario de Adamuz, no estaba en mis planes hablar del tema en mi clase de 4.º de Primaria. Llegamos, comenzamos matemáticas y pensé que la mañana seguiría su curso habitual. Sin embargo, apenas habían pasado unos minutos cuando uno de mis alumnos levantó la mano y me preguntó: “Seño, ¿no vas a decir nada del accidente del tren?”. Su comentario, tan espontáneo y honesto, me recordó la importancia de no esquivar la realidad, sino acompañarlos a comprenderla.

Decidimos entonces abrir un pequeño espacio para dialogar. Cada uno, respetando más o menos sus turnos, fue compartiendo lo que sabía o lo que había escuchado en casa. Y lo hicieron sin morbo, sin ese sensacionalismo que tantas veces vemos en los medios. Lo hicieron desde la inocencia, la curiosidad y la genuina preocupación. Hacían preguntas y muchas veces se respondían entre ellos; otras necesitaban que yo interviniera. Pero, una vez más, fueron ellos quienes me ofrecieron una perspectiva nueva y valiosa.

Les inquietaban las personas: los pasajeros, los heridos, las familias esperando noticias. Se preguntaban por la enorme responsabilidad que tiene un maquinista, por cómo se investiga un accidente si no hay cámaras, por la información que manejan los técnicos, por el funcionamiento de los trenes. Pero, sobre todo, mostraron una empatía y una humanidad que ojalá nunca pierdan. Imaginaban el miedo, la angustia de los familiares, la impresión de las primeras personas que llegaron a ayudar.

Ese día entendí recordé una vez más que enseñar va mucho más allá de transmitir y cumplir con un currículo establecido. También implica acompañar, escuchar y permitir que los niños nombren aquello que les preocupa. Porque educar es, en gran parte, ayudarles a comprender el mundo para que algún día puedan transformarlo.

34 91 725 95 30

Esta revista ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura