“Los hombres buenos, buenas cosas hacen”. Estaba en el instituto, en clase de griego, cuando traduje esta frase. Era lo primero que convertía a nuestro idioma de la helénica lengua y no sé quién lo escribió, pero quedé impresionada por su potente carga significativa. He de reconocer que, más de cuatro décadas después, es casi lo único que recuerda mi debilitada memoria de aquella asignatura.
Con posterioridad, volví a leer algo similar en el Evangelio: “Por los frutos los conoceréis” (Mt 7.15-20). Esta afirmación de Jesús es la consecuencia de una advertencia: “Guardaos de los falsos profetas que vienen a vosotros con vestidos de oveja y por dentro son lobos rapaces”.
Respecto a este aviso, a menudo me he preguntado: ¿Será válido para cualquier época histórica, incluida la nuestra? Nunca como ahora, me ha resultado una recomendación tan práctica y adaptada a nuestro tiempo a la hora de ayudarnos a discernir entre quienes venden humo, siembran discordia, odio, abogan por un egoísmo despiadado frente al bien común, esquilman libertades, utilizan el nombre de Dios para su propio beneficio, banalizan sobre la guerra… frente a quienes luchan por paliar desigualdades, se preocupan del más débil, tienen en cuenta al “diferente”, muestran una actitud respetuosa y conciliadora y velan por la salud de nuestro planeta.
La sociedad se está batiendo en un encarnecido duelo en el que parece estar ganando terreno quienes siguen al primer grupo de líderes. Se está produciendo un cambio de paradigma en el que muchas cosas están variando y muy rápidamente. Sin embargo, no debemos dejarnos llevar por el desasosiego y la desidia.
Estamos viviendo en el “kairós”, un momento crucial y oportuno en el que cada uno de nosotros somos llamados a dar frutos buenos pues albergamos en nuestro interior un intenso poder transformador. Nada permanece igual si con nuestra vida, con nuestras acciones, lanzamos al mundo un mensaje pacificador.
Busquemos juntos soluciones a los problemas actuales. Tomemos parte en la construcción del mundo que queremos, no del que nos quieren imponer con falacias; un mundo en el que exista un hermanamiento real entre todos los hombres y con la Naturaleza. Aún estamos a tiempo, pero no hay tiempo que perder.
Hace unos días, hubo una multitudinaria manifestación para frenar el avance ultraderechista en Alemania. El recuerdo del nazismo en este país es demasiado doloroso como para permitir que se repita la historia. A veces, estar al borde del abismo nos hace abrir los ojos y despertar.
Ojalá el amor recíproco sea la única forma de entendernos, cuidándonos unos a otros y la cosecha de “buenos frutos” sea tan abundante que haya para alimentar a todo el planeta y nadie vuelva a pasar hambre.








