Anteriormente, en este espacio, había planteado la incómoda pregunta acerca de los sistemas de organización política. Digo incómoda porque hoy día no es posible cuestionar la democracia en la que vivimos, aunque se haya hecho desde sus inicios en la Antigua Grecia. Y no es posible porque las alternativas parecen ser aún más antiguas que ella misma, por lo que todos huyen de sus resultados. Sin embargo, parece necesario, ya que se observa que está empobrecida.
Muy lejos de querer pronunciarme sobre cuestiones ideológicas de calibre progresista o conservador, no pretendiendo tampoco hacer acopio de todos los problemas de nuestro sistema actual ni, mucho menos, presumir de conocer la panacea que hiciera avanzar a nuestra sociedad hacia algo mejor dentro del campo político, sí considero que mi papel consiste en abrir interrogantes.
Lo que ocurre es lo siguiente: el interrogante que me propongo exponer hoy nace como una pregunta sincera que me presento también a mí misma, pero a raíz de observar la política. Creo que es una reflexión para todos, ya que no sólo es indiferente la visión en la que se enmarque cada uno, sino que es aplicable a muchos otros campos. Es así como la trasladaré desde lo político a otras cuestiones sociales y personales o de relaciones con los demás.
Contaré entonces cómo surgió esta duda. Escuchando entrevistas y tertulias políticas sobre todos los sucesos de la actualidad española, descubrí que hay una cosa que casi todos los políticos tienen en común, que no se desmarcan de su partido. Esto me alarmó enormemente, ya que significa que personas que pueden ser enormemente brillantes no pueden hacer uso de sus talentos con libertad, sino que están sujetas a la opinión de su bloque. En otras palabras, tienen que luchar por ciertas ideas que no les son propias. Porque, siendo honestos, ¿Cómo puede estar alguien en absoluto acuerdo con todas las ideas de un partido?
No podía entonces negar que este problema, que considero parte del sistema actual, y que no sabría cómo arreglar, formaba parte también de nuestras estructuras mentales. No es ya entonces un problema externo, impuesto. No es un sistema que pueda cambiarse por otro, sino que es también interno, forma parte de nuestra forma de pensar. La prueba la encuentro en que esta generalización, esta mentalidad de grupo se encuentra en otros niveles de la realidad: allá donde haya colectivos.
Estos colectivos, como bien puede ocurrir con los miembros de un movimiento social o político -feministas, comunistas, anarquistas- o con los de una misma religión o grupo religioso, se identifican a sí mismos ya dentro de algo. Más allá de esto y aún más grave, muchos puestos de trabajos, como son algunos cuerpos de funcionarios o trabajadores de una misma empresa, tienen que actuar bajo un mismo criterio, como si todos compartieran las mismas ideas, como si las leyes o normas periódicamente cambiantes fueran la verdad a la que mereciera la pena dedicar la propia vida y como si ellos mismos las hubieran elegido. En otras palabras, como si no tuvieran la capacidad del librepensamiento.
El problema, visto desde un punto de vista filosófico, no es otro que el de la falta de libertad, como resulta obvio. Sartre afirmó que el ser humano no puede estar predefinido, sino que cada uno tiene que buscar su propia definición. de seguir esto, se concebiría a cada persona fuera de cualquier grupo, como un fenómeno aislado e irrepetible. Uno de los filósofos que más admiro es Henri Bergson, pensador profundamente heraclitiano, que señaló la importancia de reconocer la absoluta novedad en el presente que habitamos.
Nuestra sociedad actual, puramente sistemática, no puede evitar caer en la ansiedad por controlar la realidad. Por ello necesita predefinir todos los roles y normas para puestos de trabajo, y también ideas preconcebidas de todos los colectivos. No se puede pertenecer a un colectivo si no se comulga con alguna de sus máximas, de lo contrario se es un incoherente. El sistema teme no comprender, y para comprender tiene que prever. Sin embargo, la realidad escapa a nuestras definiciones, conceptos cerrados y previsiones, porque la realidad es novedosa.
¡Qué rica sería nuestra vida y cuán llena de aprendizaje estaría si fuéramos capaces de esperar lo inesperado! En lugar de encasillar a cada persona en un colectivo, obligándosela a cumplir con la definición de lo que se espera que sea. Pienso que, bajo esta mentalidad ya instaurada, terminamos anulando nuestros sueños personales y las ideas rompedoras que teníamos para ese puesto, con las que se esperaba contribuir a la sociedad. Esto con respecto a un político, como a cualquier otro trabajo o cargo en una organización. La obediencia de normas arbitrarias y repito, relativas al cambio periódico de mentalidad, provoca que se asuma un personaje con el que se tape la personalidad.
Quizá, la respuesta al malestar actual con respecto a nuestro sistema se encuentra simplemente en el hecho de que es un sistema, y no de que se necesite uno alternativo. No se entienda esto como una llamada a la anarquía. Bergson afirmó que los sistemas tienen un orden que inspira confianza por el hecho de ser conocido, pero que aquello que se considera caótico no es más que otro orden que no se ha comprendido aún. Hace falta ser valiente para imaginar aquello que no se controla, y adentrarse en reflexiones que no sabemos a dónde nos puedan llevar, de lo contrario, el problema no estará en que no cambie nuestro sistema actual, sino que no evolucionará nuestro pensamiento, y permanecerá estéril.








