La ONG «Médicos del Mundo» presentó un documental filmado en lugares de guerra, que es realmente estremecedor. Vemos infancia herida, llorando en medio de un espacio en ruinas, en un estado verdaderamente lamentable. Vemos a un niño con una pierna amputada, envuelta en una toalla llena de sangre, y otro niño lleva en las manos el trozo de pierna que ha perdido su compañero.
Al contemplar esta atrocidad, uno se pregunta: ¿qué hace la comunidad internacional ante este genocidio? ¿Para qué sirve el Tribunal Internacional de La Haya, que en realidad debería servir para arbitrar conflictos entre estados? ¿Para qué sirven los cuerpos diplomáticos? Defienden los intereses propios, en lugar de favorecer el diálogo y el acuerdo entre las partes en conflicto. Gran parte de los congresos de diputados generan más el enfrentamiento que el acuerdo.
Me decía un diputado del parlamento danés que sigue las dinámicas del parlamento español y encuentra una gran diferencia con el parlamento danés. Aquí prima la confrontación; allí, el diálogo para favorecer el entendimiento. Una función extraparlamentaria que allí llevan tiempo poniendo en práctica es la relación personal entre los adversarios políticos para generar un clima de amistad entre ellos y alejar la crispación del debate parlamentario.
Se trata de promover una educación en favor de la concordia y la paz. He aquí una tarea que no debería faltar nunca en la familia, en la escuela, en el vecindario, en el trabajo, y en el mundo de la economía y la política, para generar una cultura de una coexistencia de calidad. Es aprender a vivir para convivir.
Convivir, cuando hay sintonía de intereses, de sentimientos, de deseos, no resulta difícil. Las dificultades empiezan cuando hay disparidad de opiniones, cuando lo que yo pienso no coincide con lo que piensa el otro. Este es el momento que exige lo mejor de nosotros, porque si en lugar de lo mejor sale lo peor, transformamos el conflicto en un enfrentamiento, que puede dar lugar a diferentes formas de violencia: la violencia verbal, la violencia física, y la peor de las violencias, el odio.
Si sale lo mejor de lo que llevamos dentro, nos situaremos siempre de igual a igual, nadie por encima de nadie, ajustaremos nuestros apetitos para que nadie salga perjudicado, y el diálogo entre las partes será auténtico. Para ello hacen falta dos cosas. Una: ponerse en la piel del otro y escuchar sus razones. Dos: explicar las propias razones sin querer imponerlas. Y una cosa que parece banal y no lo es: nuestra actitud, que sea amable y sonriente, porque eso favorece la concordia y la reciprocidad. Así ponemos nuestro granito de arena para convivir en paz.








