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LA MIRADA DE LA SEMANA
Ana Moreno Manuel Toribio
No, no en su nombre
PUBLICADO

30 de marzo de 2026

Dios, Alá, Yahvé… como queramos llamarlo, en su absoluta esencia, no debe ser mentado para justificar la barbarie, la destrucción, las guerras.

Somos nosotros los hombres, pequeños demonios a veces, tan solo dioses en hermosos instantes, con nuestra ambición, maldad e ignominia, los únicos responsables.

Nos aterran las imágenes que de un tiempo a esta parte nos estamos acostumbrando a ver cada vez más cerca. Nos deja estupefactos ver cómo los que dominan el mundo, los que gobiernan en algunos países —afortunadamente no en todos— utilizan el poder para legitimar la locura demencial de los misiles y drones, de las bombas tan modernas, pero siempre destructivas, nunca limpias. Lo mismo acaban con un cuartel militar, un depósito de gas, que con un colegio de niñas. No discriminan. Todos podemos ser víctimas, aunque sea de los daños colaterales —el lenguaje es lo que tiene, que para todo encuentra respuesta—.

Manosean el concepto de justicia. Cuando hablan de justa venganza deberían decir odio recíproco. Cuando utilizan argumentos como ataques preventivos, o aquello de si tú me matas una vez, yo te mato dos veces, solo aspiran a premios mientras hacen sus diabólicos juegos bélicos.

Y, sin embargo, mientras el orbe se desangra en un conflicto universal que ya es eterno, pues no importa que no sea continuo, sino que se va haciendo a pedacitos como decía el añorado papa Francisco, aún queda un rayo de esperanza en la sonrisa de los más pequeños. En medio de toda esta vorágine que nos turba a todos, que no nos puede dejar indiferentes, nuestra nieta, y en ella simbolizamos a toda la infancia inocente, en cuyas almas puras y tiernas la maldad no ha tenido tiempo para ubicarse, ha cumplido, de la vida, de la suya y así muchos como ella que nacieron en medio de este caos, su primer año de existencia.

¿Qué futuro les espera? No podemos saberlo, puede parecernos sombrío. Hay quien habla ya de una tercera guerra mundial. Dios, sí, de nuevo acudimos a él en su infinito Amor, no lo permita. Sería el apocalipsis del que nos hablan los libros sagrados, no solo una construcción literaria de significado trascendente, sino una seria advertencia.

¿Qué mundo queremos dejarles como herencia? Pues a pesar de todas las heridas de la guerra, de la naturaleza maltratada, en nuestro pequeño «micromundo» tenemos la oportunidad de hacer algo. Mirándolos a ellos, a los niños, podemos luchar por un mundo más unido y más fraternal.

Y, sobre todo, no, no en su nombre. Paz, eso sí, paz en la tierra.

34 91 725 95 30

Esta revista ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura