Coraline, el ego y la libertad de aprender a mirar la realidad
Una película infantil que interpela a los adultos
De pequeño, Los mundos de Coraline me inquietaba: sus colores lúgubres y su fantasía oscura se alejaban de la animación a la que estaba acostumbrado. Ahora, con más años, descubro en ella una sabiduría que me resulta estremecedora. Basada en la novela de Neil Gaiman, la película nos recuerda que crecer también consiste en aprender a enfrentarnos a la realidad, aunque no sea como nos gustaría. Su metáfora más poderosa son los botones cosidos a los ojos.
Aviso de espóileres: lo que sigue comenta elementos importantes de la trama y su desenlace. Si aún no has visto la película, te recomiendo verla primero y volver después a esta reflexión. No pretendo analizar cada detalle, sino compartir algunas impresiones y relacionarlas con lo que el carisma de la unidad me ha enseñado sobre la realidad y las personas.
La tentación de una realidad mejor
La otra madre no ofrece un mundo cualquiera: ofrece el mundo que Coraline desea. Su poder consiste en descubrir qué le falta a su víctima y utilizarlo para atraerla. El gato negro lo expresa con una frase reveladora: «No puede crear cosas verdaderamente nuevas; solo puede copiar, retorcer y deformar lo que ya existe».
Desde una lectura cristiana, esa deformación puede recordarnos cómo actúa la tentación: algo perjudicial se presenta como apetecible, exagerando un aspecto de la realidad hasta convertirlo en una trampa. También puede evocar las estrategias de manipulación que primero prometen comprensión y afecto para después exigir un precio. La otra madre no ama a Coraline: quiere poseerla.
Ahí aparece el ego. Todos podemos soñar con un mundo más complaciente, con sentirnos especiales y recibir la atención que echamos en falta. La soledad y las carencias no son imaginarias, pero pueden convertirse en el lugar por el que nos seducen las falsas promesas. Coraline percibe el mundo real como gris; sus padres, absorbidos por el trabajo, apenas encuentran tiempo para ella. No parecen querer descuidarla, pero las obligaciones les impiden estar presentes.
Los demás personajes también muestran distintas formas de relacionarse con la realidad: las señoritas Spink y Forcible se aferran a una juventud pasada; Bobinsky persigue sus proyectos excéntricos y, pese a su apariencia, puede ayudar a Coraline. La película nos invita así a preguntarnos cuánto condicionan nuestra mirada los deseos, las obligaciones, la nostalgia y los prejuicios.
El desengaño: recuperar la libertad
El gato negro representa, a mi juicio, el desengaño: quizá no resulte tan atractivo como la mentira, pero nos pone frente a la verdad. Acompaña a Coraline y la ayuda a reconocer el peligro. Los botones simbolizan lo contrario: una ceguera que nos encierra en una realidad fabricada para satisfacer al ego.
Podemos encontrar formas de evasión muy distintas, desde las adicciones hasta las construcciones mentales que deforman nuestra visión del mundo. Una ideología, por ejemplo, puede convertirse en un filtro rígido cuando nos impide reconocer los hechos. No son fenómenos equivalentes, pero comparten un riesgo: dejar de ver con claridad.
El desengaño no consiste solo en descubrir que algo era falso. También exige reconocer el precio de habernos aferrado a esa falsedad y empezar a recuperar la libertad de vivir en la verdad.
Aprender a ver con la mirada del amor
Frente a los botones, la piedra con un agujero permite ver aquello que permanecía oculto. No inventa una realidad nueva: ayuda a reconocer lo que ya estaba ahí. Me emociona especialmente el final, cuando los niños aparecen liberados y Coraline comprende que la felicidad empieza al salir de sí misma y encontrarse con los demás.
Entonces el mundo real recupera el color. No porque desaparezcan sus sombras, sino porque vuelve a ser un lugar lleno de posibilidades. Lo nuevo no se construye huyendo a una fantasía perfecta, sino cooperando, sirviendo y cuidando los vínculos cotidianos.
En mi propia experiencia, he ido descubriendo una mirada que me enseña a amar la realidad: la mirada del amor. En ella encuentro también a Jesús crucificado y abandonado, presente en las piedras que aparecen en el camino. Esa mirada no anula mis aspiraciones; las sitúa en su lugar. No está mal tener ambiciones, pero no tienen por qué cumplirse a mi ritmo ni convertirse en una excusa para escapar del presente.
Lo primero es amar ahora, dando lo mejor de mí en cada instante. La unidad no se construye solo con buenas intenciones: también requiere aprender a amar lo difícil de cada situación y de cada persona. Quizá ese sea el verdadero amuleto de Coraline: una mirada capaz de descubrir posibilidades, crear lazos auténticos y dar un sentido compartido a la vida.








