Observar sin juzgar, sin sacar conclusiones, y permitirse reflexionar.
Observaba cómo iba descendiendo el astro rey en la mega ciudad, mientras avanzaba hacia su cita en el Hotel W. Una elección debida a su proximidad con las Torres Gemelas, icono de Kuala Lumpur, Malasia y el mundo entero.
Una piscina lo coronaba, desde la cual el cambio de luces se le antojaba un espectáculo que no habría de perderse. El pase de día le otorgaba la posibilidad de baño y copa, en una de esas barras que forman parte de cualquier película, en las que se exhiba diseño, riqueza y glamour.
Optó por prescindir del baño para saborear con más calma, y al borde de la lámina de agua, el coco que llevaba tatuada en su verde piel la prestigiosa marca por todas partes proyectada, y dedicarse a la contemplación.
Observaba el ambiente cosmopolita, y la escasez de sillones ocupados, al encontrarse viajando en temporada baja, y en medio de esa hora perezosa en la que todos se refugian en sus moradas. Unos dormitando y otros preparándose para abandonarla; para abrazar el bullicio y el misterio de la siempre aventurera noche.
Irrumpieron en escena tres actores. Una escultural adolescente de raza aria, por la blancura de su piel, el dorado de su cabello y el azulado de sus ojazos, que portando un mini bikini de apenas tres trocitos de tela, se zambulló en perfecto estilo. Y una pareja. Un hombre de madura edad, barba, bigote, oscuro cabello, camisa, pantalón y mocasines, acompañado por una mujer muy joven, a la que solamente se le apreciaban rostro y manos, porque todo lo demás se envolvía en un sudario negro.
Observaba cómo se aposentaron en primera fila, incluso a riesgo de ser alcanzados por las salpicaduras, y cuál fue su honda impresión al ver la casi total desnudez de la experta nadadora.
No quiso la observadora entrar en juicios de valor, ni conclusiones, en sus pensamientos, prefiriendo acercar sus labios a la refrescante bebida y proyectar la mirada hacia una de las maravillas arquitectónicas del planeta que, al unísono con el ocaso, ya había tornado su imagen al cambiar luz y color, transformándose en un plateado y deslumbrante gigante emergiendo del asfalto, como si fuera un árbol futurista y fantasioso.
No quiso la observadora entrar a desgranar, mientras se deleitaba en grado superlativo, pero tampoco pudo evitar reflexionar sobre cuán diferentes eran las vías. Las vías sobre las que discurría el tren de sus vidas.








