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LA MIRADA DE LA SEMANA
Ana Rubio
La revolución de la escucha
PUBLICADO

26 de octubre de 2026

Son muchas las noticias que en los últimos tiempos llenan nuestros telediarios y que muestran el descontento social ante la realidad que nos rodea: la acampada en Sol por el derecho a la vivienda, la huelga docente, las manifestaciones por la situación en Ceuta y un largo etcétera. Incluso algunas de ellas, que comenzaron con ilusión y buena fe, se han llevado al extremo y han terminado en disturbios y daños innecesarios, como las protestas de los estudiantes en Francia.

Toda esta realidad nos lleva a reflexionar sobre las distintas formas de manifestar nuestra disconformidad. Porque expresar nuestro descontento, reivindicar nuestros derechos o luchar por aquello en lo que creemos no debería implicar hacer daño a los demás. A veces parece que, para que se nos escuche, tenemos que imponer nuestra idea sobre la del otro, incluso perjudicarlo. Y no debería ser así.

El fondo de una reivindicación puede ser necesario, pero la forma en la que la defendemos también importa. ¿De qué sirve luchar por construir una sociedad más justa si, en el camino, olvidamos el respeto hacia quienes la formamos?

Al mismo tiempo, nuestra sociedad se encuentra cada vez más polarizada y menos dispuesta a hablar y, sobre todo, a escuchar. Son numerosos los comentarios que he escuchado últimamente de amigos y familiares que prefieren evitar determinados temas para no discutir y terminar enfadados. Familias que han vetado ciertos asuntos en sus conversaciones, grupos de amigos que deciden no hablar de política, de vivienda o de cualquier otra cuestión que les preocupe, por la disparidad de opiniones.

Me resulta muy triste que no seamos capaces de ver la riqueza que puede haber en el pensamiento del otro, por muy diferente que sea del nuestro. Porque quizás haya algo de verdad en sus palabras, algo que pueda aportarnos luz, hacernos cuestionar nuestras propias ideas o mostrarnos una realidad que no habíamos sido capaces de ver. Y quizás, precisamente ahí, en ese encuentro, en ese diálogo entre distintas formas de entender el mundo, esté parte de la solución.

Hemos confundido escuchar con dar la razón y discrepar con enfrentarnos. También hemos llegado a confundir, en ocasiones, defender nuestras ideas con atacar las de los demás sin dejar hueco al debate. Sin embargo, escuchar no significa renunciar a nuestras convicciones, del mismo modo que defenderlas no debería implicar descalificar a quien no las comparte. Podemos mantenernos firmes en lo que pensamos y, al mismo tiempo, dejar una puerta abierta a que alguien nos haga cambiar de opinión. ¿No es esa una de las formas más bonitas de crecer?

Nos quejamos de nuestros políticos, de quienes, en demasiadas ocasiones, parecen más preocupados por defender sus propios intereses que por alcanzar puntos de encuentro. Pero este problema no se queda en las instituciones, sino que se traslada directamente a la sociedad: una sociedad crispada, enfrentada, que teme hablar y que, poco a poco, deja de escucharse.

Y es precisamente ahora cuando más necesitamos lo contrario. Necesitamos una revolución conjunta, una revolución que no nazca del enfrentamiento, sino del amor. Una que no busque vencer al que piensa diferente, sino comprenderlo. Que escuche, que tienda puentes y que trabaje por un mundo más unido y más justo, en el que quepamos todos, independientemente de nuestros ideales.

Ojalá perdamos el miedo a decir lo que pensamos y a mostrarnos tal como somos, sin temor a ser juzgados. Que aprendamos a hablar con asertividad, a escuchar con humildad y a discrepar con cariño. Que seamos capaces de construir relaciones en las que no tengamos que pensar igual para sentirnos queridos y respetados.

Porque quizás el verdadero peligro no sea que pensemos diferente, sino que llegue un día en el que dejemos de querer entendernos.

Y ojalá nunca dejemos de intentarlo.

34 91 725 95 30

Esta revista ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura