Con una maternidad a punto de ser estrenada, toda la incertidumbre, ilusiones, lavadoras con detergente especial para bebés, trastos de los que aún desconozco su uso y mucho amor a mi alrededor, esperando a que llegue mi criatura, en semanas o incluso días, uno se plantea muchas cosas.
Viendo las noticias todos estos meses, escuchando conversaciones, conociendo realidades de familiares y amigos, es inevitable que aceche esa duda de ¿a qué mundo traigo un nuevo y pequeño ser humano? Un mundo hostil, con guerras, políticos corruptos, crisis económicas y sociales de todo tipo y un largo etcétera que todos conocemos. No hay duda de que esto da mucho miedo, pero siempre me ha tranquilizado el pensar que, como seres humanos, tenemos la capacidad de cambiar el mundo desde nuestro pequeño trozo de tierra.
A veces da la sensación de que los grandes problemas son tan inmensos que poco o nada podemos hacer frente a ellos. Sin embargo, cuando uno observa con detenimiento cómo se construyen las sociedades, descubre que están formadas por millones de pequeños actos cotidianos. Quizás no podamos cambiar el rumbo de la historia, pero sí influir en la pequeña parcela de realidad que nos corresponde.
En estos días, escuchando todos los discursos de personajes relevantes en torno a la visita del Papa en Madrid, así como todas las intervenciones del Santo Padre, llevándolo a mi realidad actual me resonaba especialmente la cita de San Agustín que mencionaba Antonio Banderas: «Decís vosotros que los tiempos son malos, sed vosotros mejores, y los tiempos serán mejores: vosotros sois el tiempo».
Dicha cita me hacía pensar en la importancia y la responsabilidad de educar a un ser que pueda contribuir de alguna forma a mejorar estos tiempos, y no solo pensando en ella, sino también en mí misma, en ser ejemplo de transformación de la sociedad. Porque quizás una de las mayores enseñanzas que trae consigo la llegada de un hijo es la necesidad de revisarnos a nosotros mismos. Nos preguntamos qué valores queremos transmitir, qué educación queremos ofrecer o qué herramientas necesitarán para desenvolverse en el futuro, pero pocas veces nos detenemos a pensar que la primera transformación debe comenzar en quienes tenemos la responsabilidad de educarlos.
Y volviendo al Papa, él mismo mencionaba en el Congreso de los Diputados: «La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer». Me hacía reflexionar sobre cómo el punto de partida de esta transformación social puede ser la familia.
En una época en la que con frecuencia esperamos que las soluciones lleguen desde las instituciones, los gobiernos o los grandes líderes, quizá olvidamos el enorme poder que tienen nuestros hogares, nuestras conversaciones diarias y la forma en que tratamos a quienes tenemos más cerca. Los cambios colectivos no dejan de ser la suma de miles de decisiones individuales.
Al final, la pregunta de «¿a qué mundo traigo a mi hija?» sigue sin tener una respuesta sencilla. Sigue habiendo guerras, injusticias y motivos para la preocupación. Pero también hay millones de personas que cada día intentan construir algo mejor desde su ámbito más cercano. Quizá la esperanza no consista en esperar que el mundo cambie de repente, sino en asumir la responsabilidad de aportar nuestro pequeño grano de arena para que lo haga.
Y si algún día mi hija me pregunta cómo era el mundo cuando nació, me gustaría poder responderle que eran tiempos complejos, sí, pero también tiempos en los que muchas personas seguían creyendo que la bondad, el compromiso y el cuidado de los demás merecían la pena. Porque, como recordaba San Agustín, nosotros somos el tiempo.








