La distinción entre sexo y género, de la que toma cada vez más nota el Magisterio, ha permitido diferenciar nuestra identidad biológica como hombres y mujeres (sexo) de las interpretaciones culturales históricas (género). Esto ha facilitado un necesario cuestionamiento de los estereotipos de género: esas lecturas reductivas o rígidas de nuestra sexualidad que, durante largo tiempo, limitaron la libertad expresiva de cada uno.
Sin duda, se trata de un avance saludable. Hemos reconocido que un hombre puede llorar sin perder su virilidad y que una mujer puede conducir un camión sin comprometer su feminidad. Los hombres sensibles ya no son penalizados ‒o lo son menos‒ y las mujeres emprendedoras tienen finalmente espacios de expresión. Hemos comenzado a interiorizar que hombres y mujeres pueden realizar las mismas tareas en muchos campos ‒aunque no todo sea idéntico‒ y viceversa.
En este recorrido, ha emergido también otra conciencia: cada hombre posee rasgos tradicionalmente considerados «femeninos» y cada mujer rasgos «masculinos». Jung lo intuyó al hablar del animus (principio masculino) y el anima (principio femenino), presentes en cada persona en grados diferentes. Según él, solo en el encuentro con el otro es posible desarrollar plenamente lo que nos resulta menos inmediato. No es una pérdida de la diferencia sexual, sino su maduración. Otro paso adelante.
Pero...
El «pero» es crucial: aún no tenemos una idea clara de qué significa ser hombre o mujer. La pregunta no es secundaria. Me la han planteado a menudo los jóvenes, incluso seminaristas: si no existen rasgos exclusivos de un sexo ni roles específicos; si cada hombre tiene rasgos «femeninos» y cada mujer rasgos «masculinos»... ¿en qué consiste la diferencia sexual? ¿Es solo una distinción biológica sin repercusiones en la psique o en la identidad profunda? Una vez eliminados los estereotipos, ¿qué distingue a hombres y mujeres?
San Juan Pablo II nos ofrece una pista: hombre y mujer son dos modos diversos y complementarios de ser imagen y semejanza de Dios. ¿Pero qué significa esto si Dios no es varón ni mujer? Dios es comunión, relación: las Personas divinas se donan recíprocamente en un amor infinito. Quizá, entonces, la diferencia entre el hombre y la mujer ‒creados a su imagen‒ reside en la modalidad del don de sí.
En palabras sencillas: amamos de modo diverso. Esta diferencia es evidente en la dimensión sexual y en el modo de generar la vida. No se trata de una lectura biologicista, sino de la integración entre cuerpo y psique, entre naturaleza y vivencia[1]. Hay en el modo de amar del hombre algo que remite más al penetrar, al dar, al separar, al custodiar: ama como esposo y como padre. En la mujer, el amor se expresa más en el recibir y nutrir dentro de sí, en el acoger, en el unir: ama como esposa y como madre.
Atención: no se trata de roles predefinidos ‒sería un grave reduccionismo‒, sino de dos modalidades diferentes de donarse que, con matices diversos, atraviesan la esfera relacional, afectiva e incluso operativa. Esto es válido para todos: casados, célibes, consagrados o solteros.
Masculinidad y feminidad no son, pues, ni meros datos biológicos ni simples construcciones culturales. Son modos de ser persona y, por tanto, de amar. Poseen rasgos propios, pero con una gran apertura a matices individuales. Un hombre puede ser delicado, empático y atento a los detalles, y sigue siendo plenamente hombre. Una mujer puede ser racional, asertiva e incluso emocionalmente distante, y sigue siendo plenamente mujer. Lo que cuenta no es la adhesión a características estereotipadas, sino la capacidad de ofrecer una presencia relacional como hombre o como mujer.
Esta distinción ‒entre sexo y género, entre rasgos relacionales y estereotipos‒ proporciona un marco amplio y sólido para que hombres y mujeres crezcan en su identidad personal. Y esto es fundamental.
¿Por qué?
Volvamos a la realidad. Los jóvenes carecen hoy de referencias. Muchos chicos no saben cómo relacionarse con las mujeres y, en ocasiones, les tienen temor. A las chicas, aunque conscientes de sus capacidades, a menudo les cuesta reconocerse plenamente en su feminidad, hasta el punto de sentirse extrañas a su propio cuerpo.
Vivimos en una cultura que, en el justo intento de superar los estereotipos, tal vez olvida que toda realidad humana se expresa siempre culturalmente. No podemos prescindir de las expresiones culturales: naturaleza y cultura son inseparables. El riesgo es confundir expresión cultural con estereotipo.
Pongamos un ejemplo: que una niña juegue con muñecas es una expresión natural de su identidad. Pero si a un niño se le prohíbe hacerlo, estamos ante un estereotipo. Si un niño juega al fútbol, está bien; pero si prohibimos a una niña amar ese deporte, seguimos en un esquema rígido. El estereotipo es reductivo y cerrado; la expresión cultural es abierta y personal. Lo importante es «no tirar al niño con el agua sucia».
Una última consideración que me importa especialmente se refiere a los seminaristas. A muchos se les ha enseñado en qué no deben convertirse: ni clericales, ni patriarcales, ni violentos. Pero esto no basta. Es comprensible que algunos vivan su virilidad como algo problemático o reprimible. Pero ¿su ser hombres es un obstáculo que controlar o un terreno fecundo donde Cristo quiere configurarlos? ¿Qué imagen positiva de masculinidad podemos proponerles? Sin una visión antropológica clara e integrada, falta una pedagogía adecuada. El riesgo es doble: volver a modelos estereotipados o, en el extremo opuesto, feminizar de modo distorsionado su identidad masculina.
Una gran responsabilidad educativa
En este horizonte, se abre para la Iglesia una gran responsabilidad educativa. No se trata solo de corregir errores del pasado, sino de ofrecer una propuesta positiva sobre la identidad masculina y femenina. Es urgente una pedagogía de la diferencia que no se limite a «decir lo que no se debe ser», sino que indique en qué se está llamado a convertirse.
Educar en la diferencia significa ayudar a cada uno a reconciliarse con su cuerpo, con su historia y con su identidad sexuada. Significa mostrar que lo masculino y lo femenino no son categorías opuestas ni roles a interpretar, sino formas de relación y de don que se desarrollan en libertad. Ser hombre o mujer es una vocación: una llamada a expresar de modo único el propio amor y la propia presencia en el mundo.
Nazco mujer, pero debo también llegar a ser mujer: esta es una tarea, una vocación que involucra a todo el ser: afectos, espiritualidad y cuerpo. Una vocación que no es solitaria, sino que se cumple en la comunión con el otro. Solo así la distinción entre masculino y femenino se vuelve verdaderamente generativa: no una barrera, sino un puente; no un molde que repetir, sino una verdad que descubrir y encarnar. El desafío no es solo superar estereotipos ni anular diferencias, sino aprender a vivirlas de modo que lo humano se cumpla y Dios se revele.
| Marta Rodríguez es coordinadora del área académica y de investigación del Instituto de Estudios Superiores sobre la Mujer en la Pontificia Universidad Regina Apostolorum (Roma) y miembro del comité editorial del mensual Donne Chiesa Mondo, de L’Osservatore Romano. Nos ofrece aquí, de forma sucinta, intuiciones y convicciones maduradas a lo largo de su actividad docente y editorial, en contacto con mujeres y hombres de diferentes universos culturales. |
[1] Diversas feministas hablan del cuerpo como una «modalidad relacional» y subrayan cómo no es lo mismo nacer mujer de una mujer o varón de una mujer; hacer el amor dentro de sí o fuera de sí; generar vida dentro de sí o fuera (cf. L. Irigaray).








