El profesor José Luis Cabezas, de la Universidad de Granada, cuenta con emoción su encuentro con dos alumnas veinte años después, al enseñarle una frase que llevan grapada en su cartera, que les dijo el primer día de carrera: que actuaran siempre innovando y guiados por el amor, haciendo cosas nuevas, porque «la locura es hacer siempre lo mismo y esperar cosas diferentes».
Tres mensajes: podemos influir en otras personas por pequeñas acciones o palabras que marcan. Evitar la tentación de buscar la quietud, que todo siga igual. El amor es la fuerza para hacer las cosas nuevas. En un mundo en evolución, que pone en crisis los principios y valores en los que apoyamos nuestra vida, no podemos hacer siempre lo mismo. Lo que hace años era válido, ahora es anacrónico, está desfasado, ya no se entiende. Sabemos que hay que cambiar algo, pero nos aferramos al pasado.
Es un sentimiento que aprecio a mi alrededor, entre personas de una cierta edad, que de jóvenes teníamos la convicción de cambiar la sociedad, construir un mundo más justo y unido, una humanidad nueva. Pero todo va muy rápido, sin rumbo claro; los jóvenes de hoy tienen otros objetivos, ser «influencers», tener muchos seguidores y «likes»; apenas conocen la espiritualidad, los principios éticos y religiosos; tienen lenguajes y aspiraciones diferentes. La sociedad se mueve por el interés individual, el egoísmo, el éxito a costa de los otros. Cunde el desánimo mientras pasan los años. ¿Qué hacer?
Hay varios pasos para afrontar las adversidades. Lo primero es mirar de frente la realidad, comprender lo que no va bien, lo que nos hace sufrir, tanto externo como interno. Si solo nos lamentamos, nada cambia. Los principios del humanismo cristiano en los que se basa nuestra cultura están cuestionados; la mayoría de la gente no participa en actividades religiosas; la sociedad tiene otros lenguajes; las mujeres siguen relegadas; los ritos y costumbres religiosas se reducen a festividades y tradiciones que van perdiendo su verdadero sentido. Los que estamos en movimientos o entidades sociales tendemos a repetir los mismos modelos, que quedan obsoletos.
El segundo paso es compartir lo que pensamos y sentimos, algo que hacemos en encuentros, jornadas o grupos; por lo menos expresamos el desconcierto. El tercer paso es esencial: tomar decisiones, elegir entre seguir igual o cambiar algo. Es el gran dilema: tradición o innovación. Si seguimos haciendo lo mismo, «estamos locos si esperamos cosas diferentes». Es una decisión personal y colectiva, que empuja al siguiente paso: cambiar aquello que podemos cambiar. Lo construido es valioso, pero hay que imaginar otras formas de comunicar, de relacionarse, nuevas estructuras. No tirar por la borda lo que fue bueno, pero no seguir con lo que «siempre se ha hecho así»...
Ciertamente hay cosas que no es posible cambiar, y viene el quinto paso: la aceptación de lo que no está en nuestras manos. Eso incluye aceptar que nos vamos haciendo mayores, con menos fuerzas y capacidades. Pero no vivirlo con decaimiento, sino con confianza y esperanza, aceptando nuestros límites crecientes.
¿Y si con eso no llegamos a cambiar nada? Queda un sexto paso ante las adversidades: ir a la esencia de nuestra vida, amar, dar lo mejor de uno mismo por amor, sin esperar nada a cambio, evangelio puro. Es el amor el que hace nuevas todas las cosas. Desde mi particular situación vital, no trato de mantenerme a flote con las rutinas y tradiciones, sino de hacer nuevo cada día, cada encuentro personal, cada dificultad, como un reto para cambiar en el momento presente.
No vivamos una vida mediocre, derrotada, donde cada año que pasa se siente como una pérdida, sino una vida en la plenitud de la alegría, a través del amor concreto, novedoso, innovador, adaptándonos a los cambios que inevitablemente van a seguir sucediéndose. De otro modo, la vida se ahoga, se seca y se consume.
Es hora de decidirse.








