Cuando decides mudarte a otro lugar del mundo, bien por necesidad o bien por placer, son muchos los cambios que asumir. Nunca es fácil, ni siquiera cuando lo haces por elección propia, para vivir una experiencia, aprender cosas nuevas y conocer una nueva cultura. Viviendo esta situación, no podía dejar de pensar, ¿cómo es entonces para todas esas personas que por cualquier situación se ven obligadas a dejar su tierra en busca de nuevas oportunidades? Decidir vivir fuera de tu casa, lejos de tu familia, amigos, tradiciones y todo lo que envuelve tu raíz, se vuelve más difícil todavía. La perspectiva cambia.
Llegar y adentrarte en una nueva cultura requiere de un gran esfuerzo de comprensión, atención y mucha empatía. Por mucho que creas conocer de antemano algunas de sus tradiciones y costumbres, no dejas de sorprenderte. Significa empezar de nuevo. Sentir esa sensación de no tener nada bajo control, puesto que la mayoría de las veces será distinto a como creías que era.
Este cambio nos lleva a un desaprendizaje cultural, con todas nuestras preconcepciones y a un reaprendizaje de nuevas formas de hacer y ver el mundo. Será también un trabajo de humildad, porque a veces creemos saberlo y controlarlo todo, pero no es más que un espejismo que se rompe en cuanto salimos de la ya archiconocida zona de confort. Nos ayuda a abrir la mirada, a ser más tolerantes, a valorar la riqueza cultural del otro y lo que suma a la mía y no lo que le resta.
Todo esto podría llevarnos a pensar que la tendencia a adaptarnos nos conduce a olvidar las raíces, pero nada más lejos de la realidad. El estar lejos nos lleva a querer recordar con frecuencia esos sabores, olores, sonidos e imágenes que nos llevan a casa. No habrá nada más placentero que encontrar ese ingrediente en el supermercado que nunca pensaste encontrar en la otra punta del mundo, o el abrazo repentino de aquel que aunque te acaba de conocer, descubre que después de 30 años fuera de su país ha encontrado a un paisano a 8000 kilómetros. La conexión con la raíz es instantánea. Y hasta mágica.
Volviendo al motivo de la marcha, y tras la cara de sorpresa de muchos de mis compañeros de trabajo que no llegan a comprender que uno pueda decidir vivir fuera por placer y no por necesidad, me hacía reflexionar y agradecer por el don de la libertad que nos da vivir en una tierra que, aunque no exenta de peros, nos permite tener una vida digna lejos de conflictos bélicos, de inseguridad o falta de oportunidades, y me anima a seguir disfrutando, a pesar de las dificultades, de la experiencia de descubrir y envolverse de otras culturas que enriquecen, como la buena lluvia, nuestras raíces.
Al final y tal y como dice Jorge Drexler somos “de ningún lado del todo y de todos lados un poco”, y es por eso, que ante todo, me gusta declararme humana, con raíces fuertes, enriquecidas.








