Los días 23 y 24 de abril se celebró en Palermo, en la Pontificia Facultad Teológica de Sicilia «San Juan Evangelista», un congreso internacional con el título «El mar común. Releer el Mediterráneo entre la Historia, la Literatura y el Derecho». El título ya indicaba que se trataba de un congreso interdisciplinar en el que se daba una mirada al mar Mediterráneo desde diversas disciplinas, ordenadas las ponencias y comunicaciones por etapas históricas: Edad Antigua, Edad Media, Edad Moderna y Edad Contemporánea. Comenzó con la conferencia de Pasquale Ferrara en la que habló, a pesar de todos los indicadores que nos llevan a pensar lo contrario, del Mediterráneo y la paz, dejando abierta la puerta a la esperanza. Después se sucedieron otras exposiciones de diversa índole, pero siempre con un denominador común, este mar, el Mare Nostrum que une un crisol de pueblos y culturas de las tierras de Oriente Medio, Europa y el Norte de África.
Y es que el Mediterráneo ha sido escenario de historias y microhistorias de vida y de muerte, de amistad y de odio, de bonanza y de catástrofes, de trabajo y de descanso, de luz y de oscuridad… Desde la historia más antigua, ha sido nexo de unión de civilizaciones, de intercambio comercial a través de las rutas que lo surcan, de mestizaje ideológico, de aportes de uno a otro lado, desde las costas de Oriente a las de Occidente, desde las del norte a las del sur; pero también escenario de batallas y de guerras para hacerse con su dominio, desde el Mare Nostrum de los romanos a las Cruzadas medievales, desde Lepanto hasta la actual guerra en Oriente Próximo.
Enfrentamientos bélicos que ocultan una auténtica guerra de religión: Cristianismo versus Islam, Islam versus Judaísmo… pero que en realidad son solo un trasunto de dos modos socioeconómicos: Pobreza contra Riqueza, Supervivencia contra Muerte y Destrucción. Por eso tienen tanta importancia encuentros como el que reseñamos, que buscan resaltar lo que nos acerca y no lo que nos separa.
Ojalá nunca más haya otra guerra que asole estas aguas azules y las tiña de rojo. Imágenes como la de Aylán Kurdi, niño sirio de tres añitos muerto en una playa griega, su pequeño cuerpecito movido por las olas, como si el mar quisiera con este ondulante movimiento devolverle la vida que la tragedia le ha robado, no deberían volver a repetirse. Personas que huyen de la miseria y la barbarie y llegan a nuestras riberas pidiendo un poco de amor y comprensión. Pero hay muchos que no llegan y, como decía el papa Francisco, el Mare Nostrum se ha convertido en un cementerio, y la mayor tragedia es que la mayoría de estos muertos se podría haber salvado. «Hay que decir con claridad que hay quien trabaja sistemáticamente y con todos los medios para rechazar a los inmigrantes. Y esto, cuando se hace con conciencia y con responsabilidad, es un grave pecado».[1] Como lo son también los atentados contra su biodiversidad, los vertidos incontrolados, los plásticos y basuras que matan a especies únicas, la sobreexplotación pesquera, la destrucción del mar por la contaminación.
Pensar en el Mediterráneo nos lleva a tararear la canción de Serrat, un auténtico himno cargado de esperanza que quiere devolver la paz a este amplio escenario geopolítico, desde Algeciras a Estambul como dice la canción. Y nos hace soñar con un inmenso lago salado, casi lo es, atravesado por Ulises en su eterno retorno a Ítaca, un marino más como somos todos nosotros, frágiles caballitos de mar que queremos trotar libres por su inmensidad azul.
[1] Marsella. Encuentro del papa Francisco con el clero y líderes religiosos. 22/9/2023.








