La seguridad de los niños inmigrantes en Estados Unidos
Hoy he llegado a casa con una sensación desagradable, y os preguntaréis por qué. Vivir en Estados Unidos, conocer sus majestuosos paisajes, sus costumbres, su gente, está siendo una experiencia profundamente enriquecedora. Sin embargo, hoy algo ha cambiado.
Como todos sabemos, hace una semana Donald Trump asumió la presidencia de los Estados Unidos, y con él han salido a la luz una serie de medidas drásticas que parece dispuesto a implementar sin demora. Hasta hoy, todo esto era algo que veía en las noticias, algo de lo que era consciente pero que sentía lejano, casi como un ruido de fondo. Me recordaba a los primeros días de la pandemia de la Covid-19: cuando escuchábamos hablar de un virus en China, de su llegada a Europa, pero parecía que no sería para tanto. Y de repente, aquel 14 de marzo iniciamos dos meses sin salir de casa y años de restricciones sanitarias. ¿Una película de terror?
Esta tarde he sentido algo similar. De esa sensación de lejanía y aparente desconexión, he pasado a una dosis de realidad que me ha dejado un nudo en el estómago. Trabajo en un distrito escolar en una ciudad con un porcentaje muy alto de inmigrantes. De los aproximadamente 100.000 alumnos que cursan desde infantil hasta secundaria, 10.000 son inmigrantes, y otros muchos son hijos de inmigrantes, aunque hayan nacido aquí.
Hoy, justo antes de irnos a casa, nos han convocado a todo el personal docente para una reunión urgente. El motivo: explicarnos las medidas de protección que debemos implementar para garantizar que nuestros alumnos y sus familias vean la escuela como un lugar seguro. Entre las medidas discutidas había indicaciones como pedir a las familias números de contacto adicionales, en caso de que los responsables principales fueran detenidos con órdenes de deportación. También se nos instó a no abrir la puerta a agentes externos que pudieran venir con intenciones relacionadas con la inmigración y a extremar la seguridad durante las entradas y salidas del centro.
Por un momento, me quedé en silencio. Desde que llegué aquí, muchas cosas me han parecido sacadas de una película americana: en su mayoría de esas historias ligeras que distraen, pero no dejan una huella profunda. Sin embargo, después de esta reunión, la película parecía haberse transformado en un thriller oscuro, casi en una de terror. ¿Cómo es posible que algo así ocurra en el siglo XXI, en un país que se autodenomina "desarrollado"?
Al mismo tiempo, me reconforta saber que, desde dentro del sistema educativo, se están haciendo esfuerzos para proteger a estos niños y a sus familias, sin importar su origen. Nuestra labor como educadores trasciende cualquier frontera: estamos aquí para ayudar a todos los alumnos a desarrollarse, prosperar, ser autónomos y, sobre todo, sentirse seguros.
Y entonces, reflexiono sobre lo crucial que sigue siendo, incluso en tiempos tan inciertos, no perder de vista el sueño de la fraternidad universal. Desde el pequeño trozo de tierra que nos ha tocado habitar, debemos seguir construyendo un mundo más justo, más humano. En mi caso, mi misión será cuidar de estos niños y sus familias, quienes desde hace unos días viven con el miedo de que su vida, tal y como la conocen, pueda desaparecer en un instante.








