Es necesario moverse con sigilo y de puntillas para utilizar el concepto unidad. Esta palabra, al implicar tan enorme significado de realidades humanas, en ciertos casos puede ponerse incluso al servicio del totalitarismo y el poder, de ahí su evidente deterioro. No obstante, en lo profundo de la persona subyace un anhelo de unidad que asume una de sus manifestaciones en el hecho religioso. Aquí, más que falta de unidad, se produce un desgarro porque en Cristo, en quien creemos, seguimos estando unidos puesto que él es la unidad.
Ciñéndonos al cristianismo aparecen una inmensidad de iglesias. Solo por citar dos entes asociativos de largo alcance, entre los muchos que existen, el Consejo Mundial de las Iglesias abarca 350, con quinientos millones de cristianos, y la Alianza Reformada Mundial reúne a más de 200 congregaciones de origen calvinista. Ante tal cantidad de iglesias cristianas cabe preguntarse: ¿Cómo es posible, si Cristo es uno solo?.
La falta de unidad es un dolor y recomponerla será doloroso, pero el anhelo existe, ciertamente en unas iglesias más que en otras. El sueño de un techo común, de la casa, se expresa como ecumenismo, un surco vital orientado a Dios. Un proverbio árabe dice: «Si quieres trazar un surco derecho, ata tu arado a una estrella». Para algunos ese surco está plagado de dificultades y otros lo vislumbran rico en pistas esperanzadoras hacia una comunión no tanto de un intercambio de ideas, cuanto de dones.
Orientados hacia la unidad, el diálogo es posiblemente, la única opción necesaria e irreversible. No hay alternativa. Diálogo en sus múltiples manifestaciones: teológico, espiritual, de la oración, doctrinal, del pueblo, de la caridad, de la vida… Para que haya diálogo se requiere identidad, sin ella no hay diálogo. Tenemos que saber quiénes somos y para ello necesitamos al otro. La identidad nos lleva a la convicción; yo puedo tener respeto al otro si tengo una convicción. Dos convicciones afines a todas las iglesias pueden ayudar a dar un salto de calidad: Dios es amor y Dios es Trinidad, familia. Todo un camino por hacer, pero se hace camino al andar. Andar abiertos, junto a personas de buena voluntad y trabajar juntos en objetivos comunes desde un testimonio de fe cristiana. Nos estamos refiriendo al diálogo del pueblo, al diálogo de la vida. Este último no es una forma de vivir el ecumenismo sino un modo de vida basado en las cosas que los cristianos tenemos en común, porque en cualquier iglesia todos somos cristianos.
Hay hitos memorables del camino ecuménico, entre otros: el decreto Unitatis Redintegratio del Vaticano II en 1964, la encíclica de Juan Pablo II Ut Unum Sint en 1995, Basilea 1989, Graz 1997, Ausburgo 1999. Chiara Lubich en Graz invitó a vivir la experiencia de un solo pueblo cristiano que sea levadura de la plena comunión de las iglesias. El diálogo del pueblo. Pero no solo diálogo, se necesita una espiritualidad ecuménica, de una serenidad interior porque, como decía Mons. Eleuterio Fortino: «Se trata de problemas que turban el alma».
Focos de vida ecuménica abundan aquí y allá por el mundo. Un avanzar por el surco de la reconciliación se vislumbra en la Carta Ecuménica para Europa (San Gallen, Suiza, julio de 1999), fruto de un encuentro para la colaboración entre las iglesias de Europa, refrendada por el metropolita Jeremie Caligiorgis, presidente de la KEK (Conferencia de las Iglesias de Europa), que reúne a 126 iglesias de distinto signo, y por el cardenal Miloslav Vlk, presidente del Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa, por la parte católica. Entiéndase que no se trata de iglesias preocupadas por Europa de forma egoísta sino de una Europa para el mundo. Una Europa que en la actualidad muestra signos de achaque y debilidad.
Recuerdo, con nostalgia, los encuentros ecuménicos de El Espinar, promovidos por las Misioneras de la Unidad; los cursos de la Escuela Ecuménica del Centro Uno, en Castelgandolfo y las manifestaciones de Juntos por Europa, en este último caso no tanto conjunción de iglesias sino de carismas. Paradigma de empeño por la unidad son, entre otros, los Octavarios de Oración por la Unidad de los Cristianos. La necesidad de unirse los cristianos para orar pidiendo la unidad surgió hace ya muchos años, quizá una centuria, de un pastor protestante. Esta idea prendió y se fueron agregando sucesivas iglesias de la Reforma y de otras denominaciones, derivando en la semana anual de oración. Todos conocemos, por las prevenciones surgidas a raíz de la Reforma, los impedimentos de la Iglesia católica para orar en común con otras iglesias y que llegan hasta casi nuestros días. El Concilio Vaticano II rompió tal barrera con el decreto Unitatis Redintegratio. No obstante la Iglesia Católica continuaba reticente hasta que un 4 de diciembre de 1965 Pablo VI, hoy ya santo, rezó por primera vez con cristianos de otras Iglesias. A partir de entonces cambiaron las cosas.
De las diferentes formas de diálogo hay dos especialmente valiosas. En lenguaje coloquial: el espiritual y el popular, del pueblo. Hoy el ecumenismo tiene necesidad de una espiritualidad serena. Chiara Lubich lo concretó magníficamente en su intervención en Graz donándonos «una espiritualidad para la reconciliación», reconociendo que, tras los diálogos de la caridad, la oración y el teológico, el diálogo del pueblo formado no solo por laicos sino por todo el pueblo de Dios hará descubrir con mayor evidencia el gran patrimonio común entre cristianos. Debe asumirse cada vez más que sin el diálogo del pueblo no puede haber unidad.
El ecumenismo espiritual se aprecia en diferentes manifestaciones. Llama la atención, entre otros, el Grupo de Dombes, los Monjes de la Unión, del monasterio de Chevetogne de Bélgica, entre luteranos, reformados y católicos, que prioriza la reconciliación de los ministerios, si bien se trata de una iniciativa privada que carece de mandato oficial.
Avanzando por el surco ecuménico podemos despistarnos con tanta vida, manifestaciones, declaraciones, encuentros… Invito a aterrizar un poco bajando a modestas pulsaciones que parecen tomadas de la Carta Ecuménica para Europa, de inspiración institucional, cuyo articulado lo concreta con este propósito: «Juntos nos comprometemos a […] hacer visible la unidad […] escuchando juntos la Palabra de Dios» (art. I,1). Recuerdo nuestros desayunos fraternos de unos pocos cristianos de distintas iglesias en una cafetería, la que tocara ese día, y alguna vez comentando Pablo a los Romanos o cualquier otro tema que surgiera imprevisiblemente. Casi siempre comenzando con una oración, sin importarnos el lugar. Sigilosamente, arrastrando su silla, una persona que desayunaba en una mesa próxima a la nuestra nos pide: «Por favor, me permiten que me siente con ustedes. Sin querer les estoy escuchando y me gusta lo que dicen».
Art. II,2: «Luchar contra la autosuficiencia y vencer los prejuicios». Nos encontramos en un acto de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos en un templo no católico y con hermanos –este es el tratamiento frecuente entre miembros de algunas iglesias– pastores y sacerdotes de varias confesiones. En las presentaciones un joven pastor nos manifiesta con toda naturalidad: «Ni mi iglesia, ni mi comunidad son ecuménicas, pero yo sí, por eso me encuentro aquí feliz con vosotros». Oyéndolo pueden surgir interrogantes que se despejan cuando conoces el modo en que algunas comunidades protestantes se proveen de pastor.
Art. I,1: «Hacer visible la unidad en la única fe […] haciendo oración los unos por los otros». 6 de febrero de 2003. En el tanatorio, haciendo corro alrededor de mi esposa en el féretro, unidas las manos, un pastor pentecostal, un pastor evangélico, un sacerdote católico y un servidor, atendiendo la oración fúnebre espontánea según la respectiva liturgia de cada uno de ellos, acabando con la oración del Padrenuestro. Gesto inolvidable que reconocía y ratificaba el amor de Paquita por la unidad.
En el ecumenismo el agotamiento de caminos antiguos está creando espacio a nuevas posibilidades. Bien es verdad que, como decía Paul Couturier: «Cuando Dios quiera y como Dios quiera, pero Dios es Trinidad». Uno de los retos del presente es, en expresión de Carlos García Andrade «recuperar el significado de la Trinidad», que no solo es importante; es urgente. También para el ecumenismo, porque Dios es familia, unidad. «Es difícil –prosigue– vencer una inercia de siglos y el camino de la cabeza al corazón es uno de los más largos». A pesar de todas las dificultades que presenta el complejo mundo actual, se abre otro esperanzado, precisamente por ello. Si queremos trazar para el ecumenismo un surco derecho, apuntemos firme y enganchémoslo a la estrella que es Dios Trinidad. Alguien dijo: «Los teólogos no nos unirán, pero los problemas si». Y ello ya está aconteciendo.








