Ante el rechazo a las verdades dogmáticas, necesitamos cambiar el modo de conducir a los jóvenes al descubrimiento de las verdades auténticas.
Los jóvenes a menudo desconfían de las afirmaciones que pretenden ser válidas para todos, sin excepciones de espacio o de tiempo. «Suena un poco dogmático lo que dices», protestan. Lo que le va bien a alguien no hay por qué imponérselo a los demás: se convertiría en una jaula que asfixia la singularidad y la realidad concreta de cada uno.
Dicho esto, este rasgo característico de la posmodernidad también tiene una vertiente problemática: puede conducir a posturas de corte nominalista y relativista, tanto desde el punto de vista antropológico como ético. Y, sin embargo, también esconde algo positivo y prometedor. Como señaló el filósofo canadiense Charles Taylor, la posmodernidad tiene una gran sed de autenticidad: desea ser uno mismo, recorrer el propio camino, tocar la verdad con las manos. Ninguna autoridad —persona, ley, norma o costumbre— debería interferir.
¿Cómo anunciar entonces la verdad a quien desconfía de las verdades? Quizá debamos aprender a recorrer otro sendero. A nivel educativo, esto nos exige un verdadero cambio de paradigma. Ya no podemos limitarnos a proponer y argumentar verdades sobre el ser humano y esperar que los jóvenes se adhieran a ellas con la mente, el corazón y la vida. Más bien debemos ayudarles a descubrir su propia verdad: la que llevan dentro.
Se trata de partir de un presupuesto sencillo pero decisivo: ellos están «bien hechos» y, por lo tanto, son capaces de reconocer esa verdad que Dios ha escrito en el corazón de cada hombre. Si creemos esto, no debemos temer a un nuevo paradigma educativo. Nuestra tarea no consiste en hacer que se adhieran a verdades externas, sino en acompañarles a reconocer lo que les hace más verdaderos, más auténticamente ellos mismos.
Esto significa ofrecer una gramática afectiva que permita interpretar las propias vivencias y transformarlas en experiencia. Los jóvenes viven muchas cosas… pero convierten pocas en experiencia. Las vivencias pasan, y con ellas las emociones que las han acompañado. Hacer experiencia, en cambio, significa detenerse, adentrarse en lo que se ha vivido, comprender qué dice de uno mismo y si conduce o no a una mayor autenticidad. Acompañarles en esto es un camino de discernimiento que les ayuda a leer su propia vida con verdad. Nos encontramos en medio de un cambio de época. La desorientación que de ahí nace conduce fácilmente a la melancolía o al pesimismo. Pero, más allá de etiquetas y modas, el corazón de cada hombre, en cualquier época, tiene sed de verdad. Quizá solo baste con cambiar el modo en que la proponemos.








