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Marta Rodríguez
De las vivencias a la experiencia
PUBLICADO

23 de septiembre de 2026

Ante el rechazo a las verdades dogmáticas, necesitamos cambiar el modo de conducir a los jóvenes al descubrimiento de las verdades auténticas.

Los jóvenes a menudo desconfían de las afirmaciones que pretenden ser válidas para todos, sin excepciones de espacio o de tiempo. «Suena un poco dogmático lo que dices», protestan. Lo que le va bien a alguien no hay por qué imponérselo a los demás: se convertiría en una jaula que asfixia la singularidad y la realidad concreta de cada uno.

Dicho esto, este rasgo característico de la posmodernidad también tiene una vertiente problemática: puede conducir a posturas de corte nominalista y relativista, tanto desde el punto de vista antropológico como ético. Y, sin embargo, también esconde algo positivo y prometedor. Como señaló el filósofo canadiense Charles Taylor, la posmodernidad tiene una gran sed de autenticidad: desea ser uno mismo, recorrer el propio camino, tocar la verdad con las manos. Ninguna autoridad —persona, ley, norma o costumbre— debería interferir.

¿Cómo anunciar entonces la verdad a quien desconfía de las verdades? Quizá debamos aprender a recorrer otro sendero. A nivel educativo, esto nos exige un verdadero cambio de paradigma. Ya no podemos limitarnos a proponer y argumentar verdades sobre el ser humano y esperar que los jóvenes se adhieran a ellas con la mente, el corazón y la vida. Más bien debemos ayudarles a descubrir su propia verdad: la que llevan dentro.

Se trata de partir de un presupuesto sencillo pero decisivo: ellos están «bien hechos» y, por lo tanto, son capaces de reconocer esa verdad que Dios ha escrito en el corazón de cada hombre. Si creemos esto, no debemos temer a un nuevo paradigma educativo. Nuestra tarea no consiste en hacer que se adhieran a verdades externas, sino en acompañarles a reconocer lo que les hace más verdaderos, más auténticamente ellos mismos.

Esto significa ofrecer una gramática afectiva que permita interpretar las propias vivencias y transformarlas en experiencia. Los jóvenes viven muchas cosas… pero convierten pocas en experiencia. Las vivencias pasan, y con ellas las emociones que las han acompañado. Hacer experiencia, en cambio, significa detenerse, adentrarse en lo que se ha vivido, comprender qué dice de uno mismo y si conduce o no a una mayor autenticidad. Acompañarles en esto es un camino de discernimiento que les ayuda a leer su propia vida con verdad. Nos encontramos en medio de un cambio de época. La desorientación que de ahí nace conduce fácilmente a la melancolía o al pesimismo. Pero, más allá de etiquetas y modas, el corazón de cada hombre, en cualquier época, tiene sed de verdad. Quizá solo baste con cambiar el modo en que la proponemos.

Revista
Este artículo sale publicado en el número 11 de la revista LAR, puedes suscribirte y recibirlo en tu casa y ver el pdf
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Esta revista ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura