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TRIBUNA
Narcis Bassols
Cuando el nombre es todo
PUBLICADO

18 de febrero de 2025

Del golfo de América a Brasil, pasando por Türkiye

Seguramente una de las medidas más llamativas del nuevo Gobierno Trump ha sido el cambio de nombre del golfo de México, que oficialmente en Estados Unidos pasará a llamarse “golfo de América”. No es este el único gobierno que, en los últimos tiempos, ha cambiado topónimos (nombres de lugar): hace dos años y medio, Turquía decidió cambiar su nombre oficial por el de “Türkiye”, que es el nombre del país en turco (y de paso, se sacaban de encima el poco conveniente nombre de “Turkey”, que en inglés también significa “pavo”). Hace poco, Brasil sorprendió anunciando que dejaría de promocionarse internacionalmente con su nombre en inglés “Brazil” para hacerlo con el nombre propio de “Brasil” (que en catalán o castellano no nos sorprende porque se escribe así, pero sí va a chocar a las personas anglófonas que lo leerán).

Entonces, ¿qué reflexión podemos hacer en torno a este tema? Vemos que se confirma lo que los romanos -quienes produjeron mucha toponimia al expandir su imperio- decían: “nomen est omen”, es decir, el nombre caracteriza al objeto. Que esto es así, que el nombre hace la cosa, lo vemos en los topónimos de países que fueron colonizados con unos nombres que remiten directamente a la metrópolis: Mérida (Venezuela), Guadalajara (México), condado de Manchester (Australia) y un largo etcétera. O también se ve en los topónimos coloniales con el adjetivo “nuevo/nueva”, que convierte al lugar colonial en una extensión o un mero añadido de su equivalente metropolitano: New York, New Orleans (en original francés, Nouvelle Orléans), Nueva Granada, New South Wales...

Los totalitarismos han usado con frecuencia la toponimia para “marcar” el territorio y recordar a los habitantes quien manda: pensemos en los topónimos catalanes, gallegos o vascos en tiempos de Franco o en cómo se han rebautizado o asimilado nombres de municipios o regiones cuando ha habido cambios políticos o de fronteras (Europa está llena de estos ejemplos, no hay que ir muy lejos para encontrarlos).

Pero no siempre los topónimos multilingües son objeto de división: cuando Finlandia se independizó de Suecia en 1917, después de siglos de camino en común, fue en un proceso muy civilizado y los finlandeses aceptan perfectamente los topónimos suecos de su país como parte de la propia historia. Así, cuando yo escribo (desde Suecia) a colegas finlandeses con los cuales hay una cierta confianza, a veces uso la toponimia sueca y, por ejemplo, puedo preguntarles: ”¿Qué tal todo por Uleåborg?” [en finés, Oulu]. O bien: ”¿Cómo estáis en Tammerfors?” [en finés, Tampere]. O también: ”¿Cómo ves ese proyecto de la universidad técnica de Åbo?” [en finés, Turku]. No solo no se enfadan, sino que les hace gracia ver que una persona que no es escandinava conoce los topónimos suecos de su país.

La importancia de los nombres (de personas o lugares) existe y está cargada de emociones. Es por eso que los topónimos también expresan exclusión o inclusión. Si miramos el caso de Turquía, quizás sacarse de encima un nombre poco conveniente sea positivo, pero si esto se hace usando una grafía como la “ü”, que en muchos idiomas no existe o bien es muy marginal, puede ser interpretado primariamente como querer marcar diferencias. Lo mismo podría valer para el caso de Brasil/Brazil. En estos ejemplos, con frecuencia está en debate el grado de diferenciación que se quiere mostrar. Y parece que últimamente se subraya más la diferencia propia que lo que se comparte con otros.

Las geografías compartidas nos muestran espacios interesantes que normalmente tienen dos nombres, según cada país mire al accidente geográfico en cuestión: lo que en Jordania se llama el “golfo de Aqaba” en Israel se conoce como el “golfo de Eilat”. En Suecia (por razones muy obvias), al mar Báltico se le llama “el mar del este” [Östersjön], mientras que en Estonia (por idénticos motivos) se le denomina “el mar del oeste” [Läänemeri]. Mirar accidentes geográficos de manera diferente es normal. Lo que no debería ser aceptable es manipular los nombres de lugares con fines políticos o bien modificarlos sin preguntar a la gente que los habita, quienes al final son los afectados por estos cambios en su territorio.

PARA SABER MÁS:

En portugués:

TOPONÍMIA, SIMBOLISMO E PODER: ESTUDO DO NOME DOS MUNICÍPIOS DO NORTE DO RIO GRANDE DO SUL https://doi.org/10.5752/P.2318-2962.2022v32n68p324

(Artículo que examina los orígenes de los topónimos municipales de un estado de Brasil)

 

En francés o inglés:

NOMMER LES BIENS DU PATRIMOINE MONDIAL: PROCESSUS DE PATRIMONIALISATION ET RÉINVENTION TOPONYMIQUE https://journals.openedition.org/echogeo/19973

(Estudio sobre las estrategias de nombres en torno a monumentos Unesco en Francia)

 

En inglés:

PLACE ATTRIBUTES AND COMPANY NAMES: AN EMPIRICAL AND CONCEPTUAL STUDY INTO PUBLIC BRANDING AND BUSINESS STRATEGIES https://doi.org/10.1108/JPMD-03-2023-0023

(Sobre cómo las políticas de promoción municipal se ven reflejadas en los nombres de las empresas instaladas en un municipio)

Versión en inglés

34 91 725 95 30

Esta revista ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura