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EN POCAS PALABRAS
Federico López Navarro
«Como del rayo»
PUBLICADO

23 de septiembre de 2026

Un desenlace inesperado coloca en perspectiva las cosas que valen.

Cuando perdimos a nuestro padre (¿quién nos lo arrebataría?) a todos se nos vino, incluso a los más pequeños, una decena de años de madurez encima, si no más.

Creo que lo fue para todos (cinco éramos), pero Jorge, mi querido hermano, fue –desde luego para mí– un referente. Tenía cinco años más que yo y en absoluto construyo sólo una frase cuando digo que para mí ha sido siempre eso: un faro. Hasta que salió de casa para trabajar y crear otra familia, y aun después, fue mi padre efectivo.

Hace poco más de tres meses, sin proponérselo (por eso no se lo puedo tener en cuenta), también él me volvía a dejar huérfano.

Fue de improviso, en una sola semana. Apenas si hubo tiempo para decirle adiós. Ese viernes, después de saber que había ingresado de urgencia, corrí hasta su lado con ánimo de darle un abrazo, comprobar cómo estaba y, en ningún modo para despedirme de él para siempre, siempre.

Había cogido su mano; sin sospecharlo, nos habíamos mirado por última vez. En ese cruce de miradas, yo le preguntaba qué podía hacer por él, y con sus ojos parecía que me dijera: «no puedes hacer nada; esto es solo para mí». Siempre tuvo un gesto muy suyo; muchas veces lo hacía: mientras escuchaba, miraba fijamente, profundamente y, después de habértelo dicho todo, con un rápido pestañeo, te daba plena libertad y retiraba luego la mirada. Así lo hizo también aquel día.

No imaginé un desenlace tan rápido; de hecho, el médico era optimista. Tan es así que regresé a casa, pensando volver en unos días, cuando estuviera más recuperado. Pero no hubo más días. Se fue.

A la mañana siguiente, al recibir la noticia, incrédulo, quedé paralizado. Era otro padre que se me había ido; llegaba una segunda orfandad. Me esperaste, pensé, para despedirte. Por alguna razón, siempre he creído que, incluso si dices «hasta mañana»; o bien «hasta luego», la despedida ha de llevar implícito un «hasta siempre», con el afecto, la delicadeza y la intensidad que pondrías de haber sabido que ese adiós es para nunca, nunca más.

Mi hermano creía fervientemente en otra vida. Me recomendaba siempre lecturas que lo reafirmaban en ello. No me cabe duda de que, al menos para él, esa vida existe. Y, sea así o no, es lo cierto que en mi recuerdo sigue a mi lado, unido a mí, tanto como siempre. Permanece en mí, además, imborrable, entre otras, la enseñanza discreta de esas miradas suyas, expresión de una actitud que te hacía ser y te dejaba ser.

Revista
Este artículo sale publicado en el número 11 de la revista LAR, puedes suscribirte y recibirlo en tu casa y ver el pdf
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Esta revista ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura