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LA MIRADA DE LA SEMANA
María José Jiménez Noguera
Bajar el ruido exterior
PUBLICADO

18 de mayo de 2026

La mayor parte de mi vida la he pasado escuchando consignas como: «construir puentes», «amar a todos», «fraternidad universal», «mundo unido»…; es más, he creído firmemente en ellas y he vivido por ellas. Estas y otras por el estilo han constituido el eje central en torno al cual han girado todos los aspectos de mi vida.

Hoy resuenan de manera diferente, como si hubieran bajado su volumen y no logro oírlas con la misma intensidad, aunque no haya cambiado ni un ápice lo que me mueve cada día. Tal vez a ti te suceda algo parecido.

Las nuevas formas de comunicación han inoculado en nuestra sociedad demasiado ruido: odio y mentiras, provocando división en lugar de acercamiento, insulto frente a respeto, quebrantamiento de derechos humanos en contraposición a su salvaguarda. A los poderes fácticos les interesa que estemos confrontados y utilizan el miedo como arma para lograr esclavizar a la gente. Mediante el engaño, consiguen que luchen por su sumisión como si en realidad se tratara de su liberación. Cuando una sociedad se siente amenazada, demanda una mano dura que la proteja, destruyendo así a la democracia. El fascismo nos amedranta especialmente con el inmigrante a quien estigmatiza, atribuyéndole la culpa de todo el mal que nos acontece. Es preciso acallar el sonido exterior y amplificar nuestro interior, ese que, en el silencio, nos habla de amar, de compartir, de acoger, de abrazar, de empatizar con quien ha dejado su tierra y su familia, poniendo en riesgo incluso su vida para intentar dignificarla o simplemente sobrevivir.

«Porque fui forastero y me acogisteis» (Mt 25,35). Jesús no lo pudo decir más claro. Una de las obras de misericordia —«dar posada al peregrino (o al extranjero)»— también nos interpela en el mismo sentido. Recuerdo cuando en las casas era habitual la hospitalidad; siempre había un sitio para algún familiar que estuviera pasando dificultades o, a pesar de la precariedad económica, en las ollas siempre había un plato de comida para alguien más que lo necesitase: «donde comen dos… comen tres». Cuando había algún vecino enfermo, se le agasajaba con un presente para endulzar su recuperación y hacerla más llevadera. Son otros tiempos, pero de alguna manera todos somos o hemos sido forasteros en algún momento o lugar, y no podemos dejarnos contagiar por el egoísmo colectivo que nos quieran imponer.

Tal vez ese sea uno de los desafíos de nuestro presente, para el que tenemos que «almarnos», silenciando el ruido que nos confunde, nos hace insolidarios y nos aleja de nuestra verdadera esencia, la que nos reconoce hermanos y anhela vivir en paz. Tenemos mucho que decir con nuestra vida, en la cotidianidad del día a día, para cambiar la historia y hacer que todos puedan sentirse como en casa.

34 91 725 95 30

Esta revista ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura