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Me quedo con los jóvenes

Manuel María Bru


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«Yo me quedo aquí, con mis jóvenes», dijo el Santo Padre a los hombres que cuidaban de su seguridad cuando estos intentaron persuadirle de que dejara el aeródromo de Cuatro Vientos durante la celebración de la vigilia cuando el viento y la lluvia arreciaron hasta el punto que el Papa tuvo que interrumpir su mensaje. Y el viento y la lluvia tardaron en amainar, pero como la fe de los casi dos millones de peregrinos –firme y arraigada, como rezaba el lema de la JMJ–, la celebración no se hundió. «Me quedo con los jóvenes» puede ser la frase que mejor describa la conclusión de esta multitudinaria, festiva y testimonial Jornada Mundial de la Juventud. Por supuesto porque expresa, mejor que ninguna otra, no sólo el mensaje sino el amor de Benedicto XVI, amor de padre, a los jóvenes que conforman la Iglesia de hoy y también de mañana. Pero también es la frase con la que yo respondería a la pregunta con qué me quedo de esta Jornada Mundial de la Juventud. Sí, me quedo con ellos, con los jóvenes. Me quedo con los jóvenes que con alegría desbordante invadieron literalmente Madrid, y que no sólo rejuvenecieron y revitalizaron (hasta económicamente, lo que no vino nada mal en estos tiempos de crisis) el caluroso agosto madrileño, sino que ni uno sólo respondió a la provocación de unos pocos engañados. Me quedo con los jóvenes que hicieron llorar de emoción al Papa, que no tardaban ni un segundo en pasar de la euforia y del canto de la mayor fiesta del mundo al absoluto silencio y el total recogimiento de la mayor contemplación eucarística de la historia. Me quedo con los jóvenes que demostraron, en cantidad y calidad inusitadas, que para ellos no hay ni fronteras ni razas ni colores, sino un único pueblo abrazado por el Amor con mayúscula. Me quedo con los jóvenes que, con expresiones que el Papa utilizó, haciéndose tantas preguntas y buscando respuestas, no se saben poseedores de la verdad que abrazan, sino más bien poseídos por ella. Me quedo con los jóvenes de esta JMJ, que nos han hecho el regalo que más necesitamos, el regalo del testimonio de la esperanza que no defrauda, que se cimienta en una certeza: si el futuro está también en manos de estos jóvenes de todo el mundo, la Iglesia y la humanidad están de enhorabuena. Manuel María Bru (Presidente Fundación Crónica Blanca)



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