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Contar con los jóvenes

Eduardo Ortubia

Con los jóvenes la fraternidad universal podría dar un paso adelante decisivo, pero hemos de apoyarlos.
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En lo que va de año se han sucedido una serie de acontecimientos de repercusión mundial: la revolución de Túnez, que luego se extendió a otros países del Magreb y del mundo árabe; el tsunami y desastre nuclear de Japón, que dejó miles de víctimas y propició un replanteamiento mundial sobre la energía nuclear y las energías renovables; la intervención militar en Libia, amparada por la ONU pero muy criticada por la total ausencia de diplomacia y diálogo; y más recientemente, la muerte de Osama bin Laden, cuyas consecuencias para el terrorismo mundial todavía estamos por ver. Parece que la humanidad no aprende de la historia, cuyas lecciones demuestran que la violencia no produce sino violencia y que la guerra no trae nunca la paz. La historia, precisamente, parece haberse acelerado debido a los medios de comunicación, que en tiempo real muestran fenómenos de alcance global y grandes transformaciones a nivel político, económico y social. No podemos seguir viviendo en la seguridad de nuestro entorno sin alzar la mirada hacia los que anhelan más libertad en países dominados por dictaduras. No podemos ignorar el sufrimiento de las víctimas de las calamidades naturales sin tenderles la mano. Tenemos que paliar las consecuencias de una guerra que recuerda mucho a otras guerras que han sido todo menos resolutivas. El ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor. Puede desencadenar una guerra y también demostrar auténtico heroísmo para dedicarse a los necesitados; es capaz de intentar acallar la libertad religiosa (caso del asesinado ministro de Minorías paquistaní, Shahbaz Bhatti) y también de actuar perentoriamente invocando su libertad de conciencia, como en Egipto, en Yemen, en Siria… Son sobre todo los jóvenes, cuyos corazones albergan grandes ideales, los que inician las revoluciones. Fueron ellos los que ocuparon la plaza Tahir de El Cairo y las otras plazas de ciudades árabes. Con ellos hay que contar para efectuar el cambio de paradigma político, social y económico que nos gustaría ver realizado, como nos recordaba recientemente María Voce, presidenta de los Focolares, pero tenemos la responsabilidad de apoyarlos, de ayudarles a participar en la sociedad y en la política de forma constructiva, de manera que se acostumbren a convivir pacíficamente y no caigan en manos de quienes niegan la libertad o buscan el enfrentamiento a toda costa. Con estas fuerzas jóvenes la fraternidad universal podría dar un paso adelante decisivo, pero hemos de apoyarlos con todo tipo de medidas económicas, políticas y culturales. Cabe preguntarse: ¿qué puedo hacer yo, pobre ciudadano de a pie, a este respecto? Chiara Lubich escribía: «El equilibrio del amor cristiano consiste en amar a la persona que está a nuestro lado y trabajar por toda la Iglesia y por toda la humanidad desde el lugar que nos ha deparado la vida. ¡Mantén tu corazón abierto a toda la humanidad y enseña a tus hijos a hacer lo mismo, de manera que Jesús no haya pasado en vano por la tierra predicando la familia universal!».



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