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Librepensadores

Manuel María Bru

Con las declaraciones periodísticas ocurre lo mismo que con los rumores de vecindad: no sólo se corre el riesgo de la distorsión, sino también el de la selección intencionada.
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La más perversa desinformación es el ocultamiento, sobre todo el sistemático e ideológico. Todos los días, tanto respecto a la vida de los hombres y de las sociedades abiertas a la trascendencia como respecto al verdadero mensaje y a la verdadera vida de la Iglesia, se producen la distorsión de la realidad o su ocultamiento. El histórico viaje de Benedicto XVI al Reino Unido, que concluyó con la beatificación del cardenal John Henry Newman, no ha sido una excepción. Este viaje ha confirmado unas interesantísimas declaraciones, intencionalmente ocultadas por la prensa inglesa e internacional, del ex primer ministro inglés, Tony Blair, que días antes señalaba tres similitudes entre el cardenal Newman y Benedicto XVI. Una de estas coincidencias, junto a la visión del desarrollo humano y social o la alarma ante el relativismo, consiste en un amor a la Iglesia, que lo es a su misterio más profundo (cuerpo y presencia de Cristo), y a todos sus miembros (salvados por su misericordia), y no a la visión idealizada de una comunidad en la que todo va estupendamente y todos sus miembros son perfectos y coherentes. Las continuas expresiones de dolor y súplica de perdón por parte del Santo Padre por los pecados de la Iglesia, no sólo del pasado sino del presente, coinciden con esa naturalidad con la que el cardenal Newman escribía cuando iba a ingresar en la Iglesia católica de manera formal: «Ninguno además de mí puede tener una visión tan desfavorable de la situación actual de los católicos». Esta afirmación –ha dicho Tony Blair– «no es la más diplomática, pero a él no le importaba, porque hacía lo que le parecía justo aunque esto fuera al final incómodo e impopular». Otra gran coincidencia entre el polemista y converso escritor británico y el Papa consiste, según Blair, en la actitud de ambos ante la opinión pública, al describir a ambos como hombres «de conciencia», que jamás están dispuestos a adquirir «indulgencia, bienestar, éxito, prestigio público y aprobación de la opinión pública a expensas de la verdad». Ni el cardenal Newman en su tiempo ni Benedicto XVI en el nuestro son rehenes de las tendencias y los clichés de un mensaje acomodaticio a los intereses ideológicos del poder establecido. Ambos son, desde su fidelidad inquebrantable a Aquel que hace «nuevas todas las cosas», dos “librepensadores� capaces de cambiar el rumbo de la historia por el testimonio de la verdad, que siempre termina abriéndose camino.



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