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El timón de Pedro

Michele Zanzucchi

Otra vez. La Iglesia católica vuelve a estar en el centro de la tormenta mediática: el escándalo de la pederastia, luego el asunto financiero de Propaganda Fide y ahora el de las normas contra la pederastia.
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Habitualmente la Iglesia termina en el torbellino por dos motivos opuestos: por los escándalos o por la profecía, es decir, su capacidad de avanzar a contracorriente respecto de la andadura que predomina, siguiendo la inspiración sin edad del Evangelio. Es fácil acabar como presa de la opinión pública por los escándalos, que hacen mucho ruido y con frecuencia los presentan amplificados artificialmente, aunque no sean del todo ciertos. La profecía, que incluye también los significados de autenticidad y comunión, tiene unos tiempos y unas formas de expresarse bien distintos, pero incide más que los escándalos, que al máximo retardan su llegada. Benedicto XVI sujeta con decisión el timón de la barca de Pedro, concentrando su acción no tanto en repeler los ataques que vienen de fuera, sino en denunciar y apagar a tiempo los males que nacen dentro de la Ecclesia: «Nunca le han faltado a los cristianos las pruebas –dijo en la fiesta de los santos Pedro y Pablo–, que en algunos periodos y lugares adquieren el carácter de verdaderas persecuciones. Pero éstas, no obstante el sufrimiento que provocan, no constituyen el peligro más grave para la Iglesia. El daño mayor, en realidad, le viene de lo que contamina la fe y la vida cristiana de sus miembros y de sus comunidades, corroyendo la integridad del Cuerpo Místico, debilitando su capacidad de profecía y testimonio, velando la belleza de su rostro». ¿Dinero fácil?, el Papa invoca «pobreza y sobriedad». ¿Perversión sexual», invoca «pureza y altruismo radicales». ¿Sed de poder?, invoca «mansedumbre y desinterés». En definitiva, invoca estilos de vida que eleven la “tasa de evangelicidadâ€. Profecía es un término que nos remite al futuro, pero en realidad es una palabra cuyo significado más profundo tiene un extraordinario vínculo con la realidad: muestra la realidad que será porque ya lo es. Si uno va tras ella, aun sin negar ninguno de los escándalos del tiempo presente, es más, con la conciencia de que existen y de la debilidad “existencial†de todos y cada uno, bastará con que levante la mirada para darse cuenta de la enorme vitalidad de una Iglesia, pueblo de Dios, que está en el meollo de todos los grandes retos de la humanidad: desde la defensa la dignidad de la persona hasta las fronteras del diálogo interreligioso, y desde la lucha contra la pobreza a las emergencias educativas.



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