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Revista junio - 2010
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EDUCACIÓN
Jesús GarcÃa
¡No me ralles!
Julia va camino de casa con una nota de su tutor en la agenda escolar. Va esperándose el “sermón†de su madre en cuanto lea la nota. TodavÃa recuerda el “interrogatorio†al que fue sometida la última vez que sucedió algo similar. En la adolescencia los hijos perciben nuestras intervenciones como control; eso les incomoda y por ello nuestras actitudes son percibidas como interrogatorio o sermón, y eso les incomoda aún más. La consecuencia más inminente es la aparente pérdida de confianza en nosotros (y de nosotros en ellos), y además, la sensación de que nos estamos alejando mutuamente. Si no hablamos… ¿qué hacemos?, ¿cómo intervenimos? Antes de seguir, conviene recordar que en la adolescencia todo es posible. Es decir, si en educación no hay “recetasâ€, en la adolescencia mucho menos. De la misma manera, debemos tener claro que en esta etapa es fundamental seguir educando, con más intensidad y acierto que en otras etapas. En lÃnea con el último artÃculo, podemos ver un atisbo de ayuda: un adolescente se siente “rechazado†o “negado†si lo juzgamos o sermoneamos. De aquà podemos deducir algunas reglas. La primera regla para comunicarse con un adolescente: elegir el momento. Su tiempo no es nuestro. Veamos un ejemplo. Nuestro hijo llega del instituto y dice que se ha visto envuelto en una riña con unos compañeros (evidentemente, trae una cita para hablar con el tutor). Es preferible hacer una pregunta inicial intranscendente («¿Y ha sido dentro del mismo instituto?») y, casi sin esperar respuesta, seguir con nuestras cosas y no insistir, pues nuestro hijo no tiene ganas de hablar del asunto en ese momento. Si insistimos, obtendremos un exabrupto del tipo: «¡Ya estás otra vez con tus paranoias!» Posiblemente en un descanso en la tarde, o tras quitar la mesa o en otro momento, nuestro hijo empiece a contarnos lo que realmente ha pasado. La segunda regla (y principal): transformar el interrogatorio en “interésâ€. Si, por ejemplo, nuestro hijo empieza contándonos que estaban saliendo de clase y un grupo empezó a ofender a un inmigrante y que el grupo en el que él estaba entró al trapo, en lugar de iniciar la retahÃla de “dóndesâ€, “cómos†y “cuándosâ€, podemos empezar manifestando interés: «Y era de los nuevos o llevaba algunos años con vosotros?» Por supuesto, es tan inútil como equivocado empezar emitiendo juicios de valor: «¿Por qué te metes en esos lÃos?» Tercera regla: que nuestro hijo o hija se sienta comprendido. Cualquier persona se siente más libre a la hora de comunicar si se siente comprendida. Y, reconozcámoslo, nosotros, padres y madres, comprendemos a nuestros hijos mucho más de lo que manifestamos. Este “sentirse comprendido†está Ãntimamente ligado a lo que hemos visto hasta ahora. El hecho de que lo expresemos o no dependerá del momento o de la cuestión que se trate. En cualquier caso es esencial que tengamos claro lo que comprendemos. No es lo mismo decir: «Comprendo que te quieras ir el fin de semana con tus amigos», que «comprendo que quieras estar con tus amigos». No es lo mismo expresarle que comprendemos que esté cansado de estudiar o que simplemente no quiera estudiar. Cuarta regla: ponerse en su lugar. Aquà tenemos que estar muy atentos. Ponernos en el lugar de nuestro hijo significa saber qué está sintiendo en ese momento (ante un suspenso, antes una injusticia, ante un complejo o una frustración) pero desde una postura educativa. Por mucho que nos pongamos en su lugar, al final siempre deberá producirse una respuesta educativa. Ahora bien, tenderá más al “acierto†si previamente nos hemos puesto en el lugar de nuestro hijo. Esto lo comprenderemos al aplicar la quinta regla. Volvamos al caso del principio. Tras haber seguido las reglas anteriores, llegamos a la conclusión de que nuestro hijo se manifiesta solidario con los más débiles, aunque no lo haga de forma adecuada. Empezaremos hablando de que es importante ponerse del lado de los más débiles, pero que la violencia nunca es el camino. Probablemente se producirá un diálogo “fuerte†(propio de los adolescentes), pero nuestra respuesta será distinta de la que hubiéramos dado al precipitarnos («¡Otra vez me traes una mala nota!»). El sermón inicial o el interrogatorio se ha transformado en ofrecer sugerencias o ideas, quizás algún consejo y, por qué no, algún proceso de negociación razonable. Ciertamente que en última instancia (y ellos lo saben muy bien) prevalecerán los principios, los valores y las normas de la familia, pero el proceso ha sido muy distinto. Hemos ganado en confianza recÃproca y, cuando se presente la próxima ocasión, tendremos más puntos de encuentro, aunque el chico o la chica sigan siendo adolescentes. lungar@telefonica.net
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