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Felicitaciones colectivas y personales

Luigino Bruni

Las Navidades pasadas me inspiraron algunos temas de reflexión. Uno de ellos es el asunto de las felicitaciones, una de las cosas más típicas de estas fechas.
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Hoy en día, casi exclusivamente, nos llegan felicitaciones “colectivas†por correo electrónico o por sms. «Felicidades de Jorge, Pilar y familia», y el mensaje se envía a todos los contactos del móvil o del ordenador. La alegría que me dan esos mensajes no es comparable con la que me producen los pocos mensajes “personales†que algunos amigos piensan y escriben sólo para mí. Por eso este año he decidido escribir sólo felicitaciones personalizadas en los tradicionales christmas. Ya casi no se recibe este tipo de felicitación y precisamente por eso, hace ilusión encontrárselos en el buzón. La teoría económica tradicional afirma que el valor de un bien depende del esfuerzo que se realiza para producirlo. Esta afirmación es igualmente válida en lo que respecta a las felicitaciones: cuesta muy poco enviar un mensaje a una larga lista de direcciones y, por consiguiente, tiene poco valor. Y algo similar sucede con los regalos: un regalo tiene valor para el que lo recibe cuando al que lo hace le cuesta algo (atención más que dinero, diría yo). Mi segunda reflexión sobre la Navidad es ésta. En nuestra sociedad rica se está volviendo cada vez más difícil hacer regalos que hagan ilusión a las personas. Y es especialmente cierto en el caso de los niños. Los regalos son más apreciados cuando hay pobreza o escasez. Una de las nuevas pobrezas de la sociedad de la abundancia es precisamente la incapacidad de alegrarse por los regalos. Al tener de todo, ya nada nos sorprende ni nosotros logramos sorprender a nadie con un regalo. Y sin sorpresa, no hay regalo. Con todo, viendo las carreras por los regalos, me doy cuenta de que en el fondo se pone mucho amor en ello. Haciendo un cálculo rápido, creo que más del 90 por ciento de las compras de mis familiares y amigos en esos días fueron regalos. Tal vez fueran regalos que no nos sorprendieron, pero lo que siempre será sorprendente son las ganas de dar y de recibir que hay en el corazón humano. El verdadero reto es ya saciar esas ganas con relaciones profundas de gratuidad y no con mercancías. Si lo logramos, sabremos asombrar y sorprendernos incluso con un regalo.



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