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Ancianos, todo un recurso

Luigino Bruni


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Entre los cambios profundos a los que estamos asistiendo, hay uno que probablemente pronto se presentará como el más radical y desconcertante: la llaman revolución de la longevidad, una revolución silenciosa pero que marca época. Dentro de poco y por primera vez en la historia, la mayor parte de los seres humanos dedicará menos de la mitad de su vida al trabajo. Los jóvenes irán entrando cada vez más tarde en el mundo laboral, y cuando salgan, aún dispondrán de varias décadas para vivir. Ahora bien, si aumentan los años de la juventud y también los de la madurez, entonces tiene que cambiar, y mucho, nuestra ubicación en la dimensión económica de la vida. En la “primera� y en la “tercera� edad, los bienes más escasos y relevantes son los bienes relacionales, de modo que esta revolución silenciosa nos va a obligar a situar la calidad de las relaciones entre las personas en la cima de nuestras prioridades. A los jóvenes y a los ancianos las mercancías les son útiles de verdad cuando son lugares o vehículos de relaciones, sobre todo en situaciones de enfermedad, de fragilidad y falta de suficiencia. Sobre este asunto, felicidad y bienes relacionales, se está hablando en distintos foros: cientos y cientos de informes y estudios, algunos de los cuales versan precisamente sobre la relación entre felicidad y edades de la vida. Por ejemplo, un informe habla de lo que denomina “paradoja de la longevidad�. Es decir, aunque la opinión generalizada es que la vejez es la estación menos feliz de la vida, los estudios demuestran que se produce una evolución en forma de “U� en la relación felicidad-edades, lo cual significa que se es menos feliz en la fase central de la vida y que a partir de la madurez (después de los cuarenta) la felicidad empieza a repuntar y en los últimos años de la vida uno es tan feliz como en la juventud. ¿Por qué? En primer lugar porque disminuyen las aspiraciones de cómo nos gustaría ser y lo que nos gustaría tener, lo cual durante la juventud reduce mucho nuestro bienestar. Cuando se llega a la ancianidad, vivimos más anclados en el presente y somos más gratos del tiempo que se nos concede. Otros datos: casarse aumenta la felicidad; los nietos aumentan mucho el bienestar de los abuelos; el anciano que hace voluntariado está más satisfecho, porque vive relaciones significativas y se siente útil para los demás. De hecho, la ancianidad es la edad de la gratuidad, pues cuando somos más frágiles, entendemos mejor lo mucho que ésta vale. Por todo esto, la sociedad de hoy debe aprender a mirar al anciano como un maestro de gratuidad, como un recurso, y no como un problema. Nos jugamos la calidad de vida del futuro.



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