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Settecento veneziano, del barroco al neoclasicismo

Clara Arahuetes

Venecia, la ciudad de los canales, construida sobre más de cien pequeñas islas, sigue conservando la magia y la misteriosa belleza que atrajo durante siglos a viajeros, comerciantes, literatos y pintores.
Es una ciudad única en el mundo que surgió en el siglo V como refugio de la población costera ante las invasiones bárbaras. Con el paso del tiempo se convirtió en una poderosa y rica república marítima, gracias a su flota comercial y militar, al comercio con Oriente y a la política inteligente de los Dux, que establecieron alianzas con los estados vecinos para defenderse de los ataques de los turcos. A lo largo del siglo XVIII Venecia fue perdiendo el liderazgo político y económico que había ejercido en el ámbito mediterráneo desde la Baja Edad Media. La ocupación de la ciudad por las tropas napoleónicas, en 1797, marcó el final de su existencia como Estado independiente. Sin embargo, pese a su declive político, Venecia se convirtió en la época de la Ilustración en uno de los centros de irradiación artística más activos de Europa. Vivió un periodo de gran esplendor en el campo de las artes y las letras, llegando a ser el centro de difusión de pinturas, grabados y de todo tipo de obras de arte procedentes de los países más remotos. La pintura veneciana de "Settecento" ejerció una gran influencia en Europa, en parte por el propio carácter itinerante de los artistas y en parte porque el estilo y el color veneciano supo seducir a los grandes coleccionistas europeos, al igual que sucedió en el "Cinquecento" con Tiziano, Tintoretto y Veronés. A pesar de la decadencia política, la nobleza, la burguesía y el pueblo tenían en común la inclinación a las fiestas, los espectáculos teatrales y las diversiones que se sucedían durante buena parte del año: regatas, carnavales (que duraban seis meses), recepciones, visitas oficiales... El escenario de este gran teatro era la ciudad con sus calles y plazas, sobre todo la plaza de San Marcos y la Piazzetta.

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