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Señorías, no pierdan el tiempo

Ángel Bartol


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Con la que está cayendo y nuestras “señorías” se disponen a debatir una proposición no de Ley para reprobar a Benedicto XVI por unas declaraciones, durante su viaje a África, acerca de los medios para combatir el contagio del SIDA. Por favor, no pierdan el tiempo con iniciativas extemporáneas… y no nos lo hagan perder a nosotros. Desde distintos ámbitos se ha sostenido certeramente que no le corresponde al Congreso de los Diputados pronunciarse sobre las declaraciones de una personalidad pública como es el Papa, no sólo en su calidad de máximo responsable y representante de la Iglesia Católica, sino también en su calidad de Jefe de Estado. Pero esto no parece importarles a nuestros diputados. Las Cortes Generales, en cuanto institución que representa a la democracia en España, le hace un nocivo favor a la misma cuando quiere –y se arroga esa potestad– entrar a juzgar y condenar unas declaraciones que además fueron sacadas de contexto, y en cualquier caso son fruto de la libertad de expresión reconocida y sancionada por nuestra Constitución. Pero si hasta el mismo embajador español ante la Santa Sede se ha tenido que pronunciar al respecto. Decía Francisco Vázquez: «En España se está generando un debate sobre algo que el Papa no dijo. Se ha tergiversado la intencionalidad de las palabras del Papa. Hay que leer la literalidad de la pregunta que se le hizo y la respuesta que dio Su Santidad. Lo que dice es que el SIDA no puede superarse sólo con dinero o con la distribución de preservativos, sino que la familia tiene un valor fundamental». Es comprensible que los miembros de la Mesa, a título personal o en nombre de los partidos que representan, quieran expresar su desacuerdo con las declaraciones de Benedicto XVI, pero para ello tienen otros cauces que no son ni la Mesa ni el Pleno del Congreso. En un contexto plural y global como es nuestra sociedad, en el que se defiende la libertad de expresión, resulta difícil entender una crítica personalizada de este tipo, obviando además la opinión de científicos de contrastada seriedad y reputación que sostienen y apoyan las mismas afirmaciones del Papa. Detrás de una iniciativa de este tipo se nota una clara intencionalidad de beligerante laicismo contrario a toda sana libertad de expresión, justo en el lugar que debe proteger los derechos y las libertades. Afortunadamente el Parlamento Europeo ha rechazado una proposición del mismo signo en un ejercicio de responsabilidad, incluso rechazando la propuesta liberal de suavizar el término “condena” por el de “preocupación”. El Santo Padre, al hablar del SIDA en África, afrontó uno de los más graves problemas de la humanidad, y lo hizo desde la perspectiva que tiene la Iglesia, como institución implicada en la lucha contra esta enfermedad, aportando todo tipo de esfuerzos en la curación, la prevención y la educación, además de la atención preferente a las personas afectadas. Compartimos plenamente lo que sostiene Benedicto XVI sobre la necesidad de una “humanización de la sexualidad”, basada en una renovación espiritual y humana que conlleve una nueva forma de comportarse el uno con el otro, además de la amistad y disponibilidad hacia las personas afectadas. A esto sí merece la pena dedicarle tiempo.



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