El Padre. Tenemos al Padre. En lo más íntimo de nosotros está presente el Padre. Ese Padre celestial que dio origen y sostiene la inmensa creación, el cosmos, en el que estamos sumergidos cual gota en el océano, está a la vez aquí, en nuestro pequeño corazón.
Este Padre es padre de verdad. Con Él nos relacionamos de diferentes modos. Por ejemplo, es el destinatario de la oración más divina que podemos recitar: el Padrenuestro. Lo invocamos en el nombre de Jesús para obtener las gracias deseadas.
Hay algo característico que subraya nuestro carisma, como sugiere san Pedro: arrojar en Él todas nuestras preocupaciones (Cf. 1 P 5, 7).
Y hay que decirlo: ¡Cuántas veces –infinidad de veces–, cuando hemos arrojado nuestras preocupaciones en su corazón con fe, nos hemos sentido liberados inmediatamente de ellas y se disipan en la nada, resueltas por su amor!
Porque eso es lo que se hace con un Padre: confiarse a Él en todo y para todo, sintiéndonos seguros. Y esto es un Padre: el apoyo, la seguridad de un hijo, que, como un niño, se echa a sus brazos sin pensarlo.
(Fragmento de una intervención de Chiara Lubich con fecha 27 de diciembre de 2001. Publicado en Unidos hacia el Padre, Ciudad Nueva, Madrid 2005, p. 82)