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¡Sálvese quien pueda!

Vera Araújo


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No hace tanto que las consignas eran éstas: «Liberemos el mercado, vivamos en la abundancia, globalicemos el consumo aún por encima de nuestras posibilidades, la riqueza (poco a poco) llegará a todos los países». Y en las reuniones internacionales de los jefes de Estado y de gobierno, de ministros de economía, de directores de bancos y otras entidades, entre sonrisas y abrazos se hablaba con énfasis de solidaridad, de expansión comercial, de los ocho estupendos objetivos del milenio y de más cosas. Nuestros lectores se habrán dado cuenta de que la melodía ha cambiado. Las caras son ahora más serias, los abrazos y las sonrisas son más convencionales y las consignas son otras: «Compren made in América, made in Francia, made in Italia»... No, no es proteccionismo, sólo un poco de orgullo nacional. ¿Acaso es necesario algo de solidaridad con los pobres de la Tierra, que son los primeros en sufrir los efectos de la crisis? Luego. Por ahora tenemos que pensar en nosotros, evitar a toda costa un estilo de vida más austero y bloquear todo lo que podamos la inmigración clandestina. Porque hay crisis, aunque sólo la noten una parte de los ciudadanos. Otros muchos ni se dan cuenta, pues siguen gastando como antes, y se siguen yendo de puente, y los futbolistas ganan un montón (un disparate), etc., etc. Estamos ante el clásico: ¡Sálvese quien pueda! O a lo mejor no. En esta marea de egoísmo globalizado también los hay –y no son pocos– de más hechos y menos palabras: asociaciones, Iglesias, grupos de voluntariado e incluso gobiernos (sí, gobiernos). La crisis para ellos es un estímulo para poner en juego sus recursos y su creatividad. Decía Helder Camera que cuando los pobres empiezan a ayudar a los pobres, la salvación está más cerca. Esta gente no ha saltado a los botes de salvamento antes de que la nave se hunda, sino que han echado mano a los cubos para achicar el agua y a las herramientas para reparar el barco. Se habla muy poco de ellos pero son los verdaderos salvadores de esta sociedad desquiciada y desorientada. Y al final nos pondrán en nuestro sitio sin haber hecho ruido y sin discursos triviales, sino con mucho trabajo, esfuerzo, amor de verdad, solidaridad auténtica y entrega a los demás. Espero –y rezo por ello– que haya entre nuestros lectores muchos de estos constructores de civilización, capaces de llegar al corazón de mucha gente con su testimonio, pues todos somos candidatos y estamos convocados a realizar esta empresa.



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