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La era Obama

Manuel María Bru


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Sería insensato pretender hacer un juicio sobre lo que significa –no ya para Estados Unidos sino para todo el mundo– la era Obama que acaba de comenzar. Aunque sus discursos electorales podían habernos dado motivos tanto para la esperanza como para la preocupación, hay algo en su discurso de juramento del 20 de enero que merece la pena aplaudir, aun sabiendo que sólo es eso, un discurso. Por otra parte, ojalá tuviéramos aquí políticos que supieran hablar como el nuevo presidente norteamericano. Barack Obama, en una ceremonia en la que se rezó el Padrenuestro y se invocó la ayuda de Dios, utilizó expresiones que escandalizaron a más de dos comentaristas, y son esas expresiones las que demuestran que no es imposible la pluralidad religiosa de una nación –«somos una nación de cristianos y musulmanes, judíos e hindúes, y de no creyentes», dijo Obama– y que la fe en Dios es su fuente de inspiración y el sentido de su esperanza. Y así, basándose en «las Escrituras», identificó el espíritu nacional con «esa noble idea que ha pasado de generación en generación: la promesa divina de que todos son iguales, todos son libres y todos merecen la oportunidad de alcanzar la felicidad plena». No son ideas viejas, sino verdaderas que constituyen la «fuerza silenciosa detrás de nuestro progreso durante toda nuestra historia». Es más, dijo explícitamente Obama que «la fuente de nuestra confianza» está en «saber que Dios nos llama a dar forma a un destino incierto». Y terminó su discurso glosando que una laicidad sana no oculta que el tesoro de un pueblo es su fe en Dios: «Con esperanza y virtud sorteemos nuevamente las corrientes heladas y aguantemos las tormentas que nos caigan encima. Que los hijos de nuestros hijos digan que cuando fuimos puestos a prueba nos negamos a permitir que este viaje terminase, no dimos la vuelta para retroceder, y con la vista puesta en el horizonte y la gracia de Dios encima de nosotros, llevamos aquel gran regalo de la libertad y lo entregamos a salvo a las generaciones venideras. Que Dios os bendiga, que Dios bendiga a América».



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