Quizás la experiencia reciente más difícil en Europa ha sido la de los británicos el día que se despertaron y descubrieron que tendrían que haber sopesado mejor si rescindir el contrato con Europa. Sin duda, los fundadores de lo que hoy es la Unión Europa no imaginaron que se llegaría a poner en duda el reto de lograr que una comunidad de pueblos tenga el proyecto de vivir en paz y además reactivar la economía.
Cada vez resaltan más en Europa los egoísmos, los miedos, los intereses económicos y supranacionales, el cierre de fronteras… Sobre este telón de fondo cabe señalar esas propuestas de gente deseosa de seguir apostando por la fraternidad. Una de ellas es la Mariápolis Europea, que tendrá lugar en los Alpes italianos entre el 14 de julio y el 11 de agosto. En cuatro turnos participarán 2.500 personas de 35 países (150 españoles). Con el lema «Hacia la cima» quiere apuntar a metas altas, que se vea la «Europa de los pueblos» empeñada en vivir en paz y concordia, acogedora de los más débiles. Al mismo tiempo los participantes podrán experimentar las diferencias que distinguen a cada comunidad, con el fin de asumirlas y superarlas.
En esos lugares, allá por 1949, Chiara Lubich y sus compañeras pasaban unos días de descanso. Allí mismo la Mariápolis se iría repitiendo hasta 1959, cuando pasaron por ella más de diez mil personas. Eran los años de postguerra y Europa era un conjunto de pueblos que habían combatido entre sí, provocando muerte y destrucción. Hoy, con esta Mariápolis se quiere contribuir a edificar esa unidad que se basa en las relaciones de aprecio recíproco y en la solidaridad, fundamentos de la paz.
La diversidad de pueblos y comunidades es un valor. Lo decía Chiara Lubich en 2004: «La dignidad más alta de la humanidad sería la de no sentirse un conjunto de pueblos, muchas veces litigando, sino, gracias al amor recíproco, un solo pueblo enriquecido por la diversidad de cada uno, y por ende, en unidad, guardián de las diferentes identidades».