Sucesos como los atentados en Sri Lanka el Domingo de Resurrección parecen quedarnos muy distantes, pero tienen una considerable repercusión en la opinión pública, sobre todo cuando desde hace unos años el terrorismo de vario cuño viene haciendo acto de presencia en Semana Santa: 2012 en Nigeria, 2016 en Pakistán, 2017 en Egipto, por decir los más recientes. ¿Que sea una manifestación de odio al cristianismo? Podría ser, pero no es fácil determinarlo.
A Sri Lanka, antigua Ceilán, alguien la bautizó por su forma «la lágrima de la India». Los atentados del pasado día 21 afectaron a la comunidad cristiana, católica en tres iglesias y baptista en la cuarta, pero también han sido objeto del terror varios hoteles donde se alojaban turistas extranjeros. Y ha ocurrido a pesar de que el país se encontrase en alerta por posibilidad de atentados.
Algunos analistas han visto en este atentado múltiple los coletazos de una guerra que se dio por concluida hace una década. Aquel conflicto se desató tras la independencia del país (1948) entre la mayoría cingalesa (75%) y la minoría tamil (18%) y parece no haber acabado. Los primeros son sobre todo de religión budista, mientras que la población tamil es casi toda hinduista. De una y otra etnia procede un escaso 7,4% de cristianos y otro 9,7% de musulmanes. En este complejo tramado de etnias y religiones los cristianos siempre ha gozado de buena consideración: sus escuelas y hospitales dan servicio a personas de toda raza y religión.
Teniendo en cuenta la historia reciente del país, el gobierno ha optado por abordar el suceso como un asunto interno. Sea como fuere, este pueblo que ha soportado una guerra durante veinticinco años y que estaba logrando salir adelante (su PIB lo sitúa en el puesto 64 de 190 países) merece la atención de todos, como han demostrado los mensajes de solidaridad llegados de todo el mundo. Nadie quiere otro punto inestable en el planeta.