Es curioso saber que las historias del Evangelio también interesan a los economistas. Un caso sorprendente es el economista y filosofo indio Amartya Sen, premio Nobel y uno de los pensadores más originales de su generación. En uno de sus libros Sen recurre a la parábola del buen samaritano para argumentar su teoría sobre la justicia, deteniéndose en la diferencia que la narración evangélica establece entre los conceptos de «prójimo» y «cercano».
No vamos a repetir aquí la parábola, que es bastante conocida, solo recordemos que el samaritano es un personaje «lejano», miembro de una comunidad distinta y hostil a la del resto de personajes. Y ese samaritano, que no tiene ninguna obligación social con respecto a la víctima, es quien acaba ocupándose de ella. Es decir, el «prójimo» acaba siendo el menos «cercano».
Ninguna idea de justica, dice Sen, puede ser equitativa si no supera la equivalencia entre prójimo y cercano. La parábola del samaritano viene a decir que la prioridad está en quien necesita ayuda. Es la condición objetiva de «víctima» lo que genera la obligación de ser prójimo, antes que el color de la piel o la identidad étnica.
El cristianismo ha supuesto una revolución cultural con la idea de una humanidad universal, basada en que todos somos hijos de un mismo Padre. De ahí el concepto de fraternidad universal. De esa revolución han mamado el humanismo occidental, la construcción de Europa y la democracia. Ahora bien, si no prestamos suficiente atención al desarrollo de esta revolución, correremos el riesgo del sacerdote y del levita de la parábola: dejaremos a un lado a la víctima, que hoy no solo están en las calles, sino en los mares, porque llegamos tarde al templo.
Habrá quien critique a quien se detiene a ayudar a las víctimas; quizás le parezca un exceso de bondad. Pero el Evangelio en esto es muy claro: puedes seguir identificando «prójimo» con «cercano» e ignorar a las víctimas distantes, pero no lo hagas en mi nombre.