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Entrañas de misericordia

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¿Se acuerdan de «Misericordia», la novela que escribió Benito Pérez Galdós en 1897? Puede que sí, pues hace años era lectura obligada en bachillerato. El personaje principal, Benina (algún crítico la define como «emblema de la caridad»), encarna esa virtud hoy tan poco popular. Como fiel criada que es, Benina sale al paso de la penuria económica de su ama yendo a mendigar, sin que esta lo sepa, diciendo que ha encontrado otro trabajo. 
 
La historia da un amargo giro cuando, una vez recuperada la posición económica, la criada es despedida por andar con malas compañías. Eso sí, por un imperativo literario de «justicia poética», el autor no puede evitar moralizar: en su marginal condición Benina es feliz, mientras que su adinerada ama no. 
 
Quizás Galdós quiso plasmar un prototipo, individual y también social, que recorre la literatura de todos los tiempos y la realidad misma: suele ocurrir que el pobre acabe socorriendo al rico. ¿Acaso no es lo que ocurrió, por ejemplo, con el rescate financiero de hace unos años? ¡Sí, claro, a la fuerza ahorcan! Pero la moraleja entonces, y no solo literaria, es que la capacidad de apiadarse parece más evidente en quien menos tiene.
Un patrón de misericordia distinto lo encontramos en la figura del «buen samaritano» del pasaje evangélico. Si no era rico, al menos pudiente, pues corre con los gastos que ocasiona su «acto de caridad». El hombre baja de su montura, atiende al herido, lo deja a buen recaudo en una posada y prosigue su camino. 
 
En el contexto de la parábola, el personaje no es señalado por su riqueza, sino por no pertenecer al «pueblo elegido» (al contrario que los dos individuos que antes han ignorado al herido) y, por tanto, desconocedor de unas «leyes» a las que aquellos estaban sometidos. Se habían olvidado de que «la plenitud de la ley es la caridad».
 
Aun en contextos bien distintos, Benina y el samaritano tienen en común esas «entrañas de misericordia» que, como decíamos antes, no están de moda. Buena falta nos harían.
 




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