Distinguir entre laicidad y laicismo no es fácil, por eso muchos estudiosos le han dedicado al tema extensas publicaciones que, probablemente, muchos no hayamos leído (según datos recientes de la Federación de Gremios de Editores de España, el 40% de los españoles son «inmunes a los encantos del libro»). Pero hay gestos elocuentes que son muy ilustrativos. El ejemplo de Francia, cuya constitución declara que es una «república laica», viene al caso.
A pesar de que el país vecino ha sido objeto de terribles ataques terroristas con cuño de fundamentalismo religioso, tales que podrían haber empujado al país de una laicidad integradora a un laicismo excluyente, su presidente, Emmanuel Macron, sigue apostando por la laicidad, entendida como separación entre el poder público y la religión, como viene siendo en la cultura francesa desde hace más de un siglo.
Y aquí viene el gesto que, según los analistas, supone una reinterpretación del principio de laicidad. La tradicional recepción del presidente a los líderes de las religiones presentes en el país, que suele ser a finales de diciembre, esta vez no ha sido un acto formal, sino un «verdadero diálogo, totalmente franco» –ha dicho el presidente de la Conferencia Episcopal, Pascal Delannoy–, en el que durante dos horas discutieron sobre el laicismo, la escuela, la acogida de migrantes, leyes sobre bioética, el islamismo…
Este modo de proceder, sin protocolo, parece abrir el camino hacia una «laicidad del diálogo», pues reconoce a las religiones el derecho a expresarse sobre temas de interés para todos y pone de relieve la responsabilidad social de los líderes religiosos. El presidente Macron ya ha anunciado la creación de un organismo que propicie el encuentro entre el Estado y las religiones con el fin de crear hábitos de diálogo. Si bien el Estado ya mantenía contactos con las distintas religiones, esta iniciativa es nueva en cuanto que propone un ámbito estructurado en el que todos podrán dialogar con todos.