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Por el desarme integral

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Quizás fue Juan XXIII el primero en afrontar la cuestión de la guerra en tiempos nucleares, cuando en 1963 escribió la Pacem in terris. Acababa de producirse la crisis de los misiles en Cuba, que parecía abocada a un inevitable choque entre rusos y americanos, hasta el extremo de que el presidente Kennedy llegó a pedir informes sobre el número posible de muertos: algo así como mil millones. Sin querer establecer doctrina, aquella encíclica cuestionaba la legitimidad de una guerra nuclear, cuyo potencial destructivo es incalculable: «En nuestra época, que se jacta de poseer la energía atómica, resulta un absurdo sostener que la guerra es un medio apto para resarcir el derecho violado». 
 
Vino luego una desenfrenada carrera de armamentos que la Gaudium et spes (1965) denunció severamente: «Esta acumulación de armas, que se agrava por años, sirve de manera insólita para aterrar a posibles adversarios. Muchos la consideran como el más eficaz de todos los medios para asentar firmemente la paz entre las naciones», pero «el llamado equilibrio que de ella proviene no es la paz segura y auténtica».
 
Un reciente informe del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo señala los nueve países que reconocen tener armamento nuclear y que en conjunto poseen casi 15.000 cabezas nucleares. Quizás a tenor de estos datos, en una reunión habida a primeros de noviembre en el Vaticano para debatir sobre las «Perspectivas para un mundo libre de armas nucleares y por el desarme integral», el Papa Francisco no solo ha condenado el uso de este armamento sino su posesión, porque «su existencia obedece a una lógica del miedo que no afecta solo a las partes en conflicto, sino a todo el género humano». 
 
De este modo abre una nueva perspectiva cultural en los debates sobre la guerra y las armas (la mera posesión) que recuerda la amonestación de Jesús a Pedro en el episodio del prendimiento: «todos los que empuñan espada, a espada morirán».
CN




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