Durante el curso pasado, Ciudad Nueva dedicó un par de páginas en cada número para ilustrar con textos breves el significado de «Jesús abandonado». Aquellos textos sin duda querían ofrecer a nuestros lectores claves para interpretar y asimilar los aspectos dolorosos que la vida ineludiblemente nos presenta. Tenían esa dimensión contemplativa que hace de bálsamo del alma en la conciencia individual, pero sobre todo alentaban una actitud de «activa pasividad» para cuando las circunstancias dolorosas bloquean toda posibilidad de entendimiento con el prójimo.
Es decir, cuando surgen dificultades en las relaciones, «abrazar a Jesús abandonado» es una opción volitiva por estar «crucificado» mientras la dificultad permanezca y la tensión dure. Lo pasivo de esta actitud está en saberse «clavado», y lo activo en la certeza de que aceptar tan dolorosa inoperancia conduce a resolver el problema, a la «resurrección». Es un misterio, sí, que se fundamenta en la actitud de Jesús cuando en la cruz gritó: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?».
Los acontecimientos políticos que estamos viviendo han producido una fractura social capaz hasta de romper lazos familiares. Las relaciones se están viendo afectadas por ese imperativo de alinearse con una idea política, en un contexto donde fácilmente saltan chispas. La situación bien puede etiquetarse como un «rostro de Jesús abandonado», al constatar la incapacidad de entendernos. Y la misma incertidumbre de no saber cómo va a acabar levanta temores que desconciertan a muchos.
Nuestra invitación a los lectores, pues, es que mientras este «rostro de Jesús abandonado» dure, seamos activos en revitalizar las relaciones, anteponiendo el valor de la persona al de sus ideas.
CN