Por qué en los últimos siglos ha surgido en Europa una cultura que ha hecho de Dios un problema irresoluble y, en consecuencia, el ser humano se ha vuelto un problema de relaciones consigo mismo, con los demás, con el cosmos y con lo Absoluto? La pregunta se torna intrigante si pensamos que Europa ha elaborado a lo largo del tiempo un potente humanismo espiritual, artístico, filosófico, jurídico y político.
En 2004, el todavía cardenal Ratzinger planteaba que si el destino de las sociedades depende en gran medida de unas minorías creativas, como afirma el historiador y filósofo británico Arnold Toynbee, lo que han de hacer los cristianos es verse a sí mismos como tal minoría y ayudar a Europa a redescubrir su patrimonio. Intelectuales como H. G. Gadamer y G. Steiner, desde distintas posiciones, le asignan a Europa una tarea «tanto espiritual como intelectual».
Dice Gadamer que «de la misma forma que nosotros crecemos y entramos en la vida, lo mismo vale para los grandes grupos humanos, los pueblos y los Estados. Probablemente es un privilegio de Europa el haber sabido y tenido que aprender, más que otros, a convivir con la diversidad». Esto requiere creatividad, compromiso y capacidad para superar las limitaciones que Europa siempre ha tenido, como bien demuestra su historia.
En este contexto se sitúa también el esfuerzo por entender la realidad política de nuestro país. Una carta de los responsables del Movimiento de los Focolares en España dirigida a todos sus miembros apela a «saber construir el momento histórico del que somos protagonistas», recordando justamente que «unidad y diversidad son dimensiones del mismo amor». Y añaden: «Sin diversidad, la unidad es uniformidad, algo monolítico que no expresa a Dios; sin unidad, la diversidad es división, ausencia de relación. Este modelo implica una continua conversión a fijar la mirada y el corazón en el otro».