El tema es paradójico y ha levantado ampollas, sobre todo en el mes de agosto, cuando saltaron a la prensa internacional las protestas «antiturismo» en varias de nuestras ciudades. Las «ampollas» se venían produciendo al menos desde el mes de enero, cuando en Mallorca aparecieron los primeros carteles «Tourist go home», que luego se han extendido a otros destinos turísticos. Lo «paradójico» es que esto ocurra en el «Año internacional del Turismo Sostenible para el Desarrollo», declarado por la ONU.
El 27 de este mes volveremos a «celebrar» (entre comillas, porque podría ser ambiguo) el Día Mundial del Turismo. Dado el malestar que provoca el asunto, cabe preguntarse si la prensa le dará bombo a la fecha o más bien procurará silenciarla. Y es que, aunque al organismo internacional no le faltan buenas intenciones, surgen enormes dificultades a la hora de plasmarlas.
El ambicioso objetivo de sensibilizar a «los responsables de tomar decisiones y al público en general» sobre lo mucho que aporta el turismo sostenible al desarrollo se topa con las comprensibles quejas de quienes padecen las consecuencias del turismo masivo, y en especial del turismo de borrachera. De ahí el consejo de movilizar a la vez «a todos los grupos de interés para que trabajen juntos para hacer del turismo un catalizador de cambio positivo».
No vamos a justificar las protestas de los grupos antisistema, que algunos han calificado de «vandálicas», más bien apelemos a la sensatez para que «el cambio en las políticas, las prácticas de empresa y el comportamiento de los consumidores», como aconseja la Organización Mundial de Turismo, propicien un turismo sostenible. En ello nos jugamos muchos puestos de trabajo y, sobre todo, la necesidad de un turismo «ético y sostenible, que garantice una real accesibilidad física, económica y social, evitando todo tipo de discriminación», como propone el Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes.