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Abordar el conflicto

CN


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Cuando se opta por la vía del diálogo, ya sea en las relaciones personales, sociales o institucionales, entre pueblos, culturas, religiones distintas, etc., la aparición de un conflicto es una experiencia en mayor o menor medida dolorosa. Y la tendencia natural es procurar eludirlo, con la esperanza de que las aguas vuelvan a su cauce y la certeza de que meter el dedo en la llaga no haría más que agudizar el malestar.


Si nos atenemos a su etimología, que resulta del prefijo latino cum (unir, juntar) y el participio del verbo fligere (golpear), conflicto significa un choque entre dos partes. Es lógico, pues, que a nadie le apetezca tal cosa, a no ser por mera diversión. Con todo, hay quien le otorga al término un significado que trasciende su etimología: la posibilidad de ir más allá del riesgo.
 
La experiencia dice que, por lo general, los conflictos que no se afrontan debidamente generan una madeja de complicaciones que acaban teniendo graves consecuencias. En términos médicos diríamos que una herida mal curada puede degenerar en gangrena. Y aquí podríamos citar ejemplos de nuestro más cercano ámbito familiar, laboral o de vecindad, así como del ámbito social y político (viene a la mente el anunciado desarme de ETA), pero queremos destacar la secular fractura que divide a los cristianos en multitud de Iglesias y que el diálogo ecuménico procura resanar. A tal respecto nos remitimos al artículo de la página 16, que recoge el compromiso de los Focolares en este campo.
 
No hay por qué ocultar el disgusto que nos provoca el conflicto, pero al mismo tiempo hay que hacer lo posible para que se convierta en oportunidad para seguir adelante. ¿Cómo? Primero teniendo presente que al otro lado del conflicto hay una «persona», que no es lo mismo que sus actos, sus palabras o su pensamiento. Además, el hecho de haber tenido un desencuentro puede propiciar el acercamiento, ya que expresar el desagrado que uno sufre abre la posibilidad a un crecimiento en la relación.
CN




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