Según sus biógrafos y los estudiosos de su obra, Francisco, el de Asís, desencadenó en los primeros años del siglo XIII un cambio social que difícilmente se podía prever. En pocas palabras, su decisión de «salir» del recinto amurallado de la ciudad para ir al encuentro de los que estaban «fuera» fue mucho más que un gesto caritativo. Supuso darles identidad de «persona», porque vivir extramuros implicaba ser menos persona, o ni siquiera eso.
Esa categoría «subhumana» de individuos aún persiste, como ha persistido a lo largo de la historia la distancia entre los de arriba y los de abajo, los del norte y los del sur, los de dentro y los de fuera… Hoy muchos de los muros que separan a unos y otros son tan fáciles de señalar como las murallas de la ciudad medieval. Otros no, pero existen. Tienen dimensiones «globales», a veces son «virtuales» y con frecuencia imperceptibles.
El hecho es que hoy millones de personas en el mundo sufren las mismas condiciones de miseria material y espiritual que en tiempos medievales. Es más, en una época en que todos estamos convenientemente registrados y hasta puedes alardear de tener varias identidades virtuales en las redes sociales, hay quien no tiene nacionalidad (sin patria) o documento identificativo (sin identidad) y de alguna manera no existen. Viven y mueren sin dejar rastro en ninguna parte, sin haber «entrado en la historia», al menos la que se refleja en datos, registros, documentos…
El actual Francisco, el Papa, sin duda está queriendo reactivar aquel cambio social franciscano. Si no, ¿cómo entender su constante invitación a tener en cuenta a los «descartes» de la sociedad? Sin duda percibe la verdadera dimensión de la crisis humanitaria que hoy vivimos y que se extiende por todo el globo.
Apostar por una «cultura de la unidad», pues, implica aprender a identificar a esos «descartes» y hacer algo para que recuperen su identidad de personas. Ni todos están fuera de nuestro alcance, ni todos requieren solo pan.
CN