Aun en medio de muchas contradicciones, nuestra civilización ha alcanzado grandes metas. Con su inteligencia y creatividad, mujeres y hombres han impulsado la técnica y la tecnología; artistas, poetas y maestros espirituales nos han enseñado a vivir y soñar. Incluso la economía ha hecho su parte.
La idea de que el mercado expresa civilización hoy no es muy popular (antes tampoco), pues en general se piensa que es un medio con el que los fuertes explotan a los débiles. Pero si bien es cierto que ocurren cosas pésimas relativas al mercado, las empresas y los bancos, la relación entre mercado y civilización va más allá.
Mientras estamos en nuestro puesto de trabajo, no pensamos en toda la gente que está cooperando para que podamos desempeñar nuestra tarea: los vigilantes del edificio, el personal de limpieza, los que me proporcionan electricidad, internet, etc. Y cuando vuelva a casa, seguiré disfrutando de la cooperación de quienes mantienen las calles, el tráfico, los transportes… Y si me tomo un café, ¿cuántas personas habrá detrás de esa tacita? En conclusión, muchas personas cooperan para que yo desempeñe mi labor y exprese mi personalidad.
Puede que la actitud de muchos trabajadores que se cruzan en mi camino esté guiada por puro interés, pero puedo entender también ese mosaico de relaciones como la mayor cooperación que la historia de la humanidad ha experimentado. Y esto también es mercado. Es decir, el resultado de miles de operaciones en que el ser humano ha aprendido a intercambiar cosas, primero dentro de su comunidad y luego con gente desconocida.
El mercado seguirá siendo un factor civilizador mientras los «mercaderes» ocupen su lugar en «la plaza del mercado», como era en sus orígenes. Pero si ocupan toda «la ciudad» invadiendo la política, la religión, la cultura…, todos nos embrutecemos. El mercado llenará de color y perfume la ciudad siempre que no pretenda mercantilizarlo todo.
CN