El mediático seguimiento de macrojucios por corrupción a los que estamos asistiendo trae a la mente lo que en Economía se conoce como «teoría de la selección adversa». George Akerlof, premio Nobel de Economía en 2001, demostró con ella que a veces el mercado no premia a los “mejores”, sino que selecciona a los “peores”. Dicha teoría, que trasciende su ámbito y es aplicable a otros contextos, viene a decir que cuando la información es imperfecta, una determinada instancia atraerá a un tipo inadecuado de personas. Por ejemplo, una empresa que ofrezca altos sueldos a los directivos tenderá a seleccionar no a los “mejores” candidatos para dirigirla, sino a los que buscan el dinero, que no siempre serán los más interesados en el bien de la empresa.
Trasladándonos a la política, cuando decaen los valores morales y los representantes en las instituciones se distinguen por los privilegios y ventajas que obtienen, inevitablemente se interesan por la política individuos más atraídos por tales privilegios que por el bien común. Y un efecto negativo es que muchos jóvenes con altas motivaciones morales huyen de la política y se comprometen en organizaciones no gubernamentales, mientras que otros (los “peores”) pueden sentirse atraídos por unos incentivos que no son netamente políticos. La consecuencia es un progresivo deterioro de la clase política.
No es fácil salir de este tipo de crisis, pero hay que intentarlo. La capacidad que tuvo Europa para salir del último periodo de guerras fue fruto, entre otras cosas, de una clase política que en general estaba formada por personas de elevada estatura moral, a la altura de la reconstrucción que era necesario hacer. Si queremos que esto mejore, habrá que poner a nuestros “mejores”, a los más motivados por el bien común, en los parlamentos y en las instituciones, enviando las señales adecuadas para atraerles.
CN